BRICS: la arquitectura de la multipolaridad

Septiembre está dejando una secuencia particularmente reveladora para entender la transformación del sistema internacional. Primero, la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Bishkek, acompañada por las visitas de Xi Jinping a Kirguistán y Egipto. Ahora, la atención se trasladó a Nueva Delhi, donde los BRICS celebraron su XVIII cumbre. La próxima semana, el encuentro entre Xi Jinping y Donald Trump añadirá una nueva dimensión a esta secuencia.

Más que una sucesión de reuniones diplomáticas, los acontecimientos de este mes permiten observar cómo distintas plataformas están articulando mecanismos de cooperación, financiamiento, tecnología, comercio y seguridad alrededor de una distribución del poder cada vez menos concentrada.

La multipolaridad ya está tomando forma institucional, financiera, tecnológica y geoeconómica. La discusión se desplaza hacia la manera en que esa nueva distribución del poder se consolidará y hacia los actores que tendrán capacidad para influir en ella.

Dos plataformas, una transformación

La OCS y los BRICS son organizaciones diferentes, con miembros, objetivos y niveles de institucionalización distintos, sin embargo, las dos cumbres celebradas en septiembre muestran una tendencia común: La cooperación entre países que buscan ampliar su autonomía internacional está pasando progresivamente de las declaraciones políticas a la creación de capacidades concretas.

En Bishkek, la agenda de la OCS incorporó infraestructura, conectividad, inteligencia artificial, energía, tecnología y mecanismos financieros. La cumbre estuvo acompañada además por los desplazamientos de Xi Jinping a Kirguistán y Egipto, dos espacios con funciones diferentes dentro de las redes económicas y estratégicas de China. Asia Central ocupa un lugar central en los corredores terrestres que conectan China con Eurasia, mientras Egipto permite proyectar la relación hacia el Mediterráneo y el Canal de Suez.

En Nueva Delhi, los BRICS ampliaron esa lógica hacia el comercio, cadenas de valor, manufactura, inteligencia artificial, pagos transfronterizos y financiamiento. La declaración conjunta adoptada en la cumbre recoge avances en cada uno de estos ámbitos y plantea una estrategia económica del bloque hasta 2030.

Vista en conjunto, la secuencia permite identificar una característica del momento actual. China y sus socios están ampliando una red de instituciones, mecanismos y asociaciones que opera en distintos espacios y con diferentes países. Las finanzas, la infraestructura, la tecnología, el comercio y la conectividad empiezan a articularse entre sí, creando nuevos canales de cooperación y ampliando el margen de maniobra de los países que participan en ellos.

Cuando empezó a cambiar el tablero

El término BRIC apareció en 2001, cuando el economista Jim O’Neill, utilizó esas siglas para referirse a Brasil, Rusia, India y China como las grandes economías emergentes con potencial para ganar peso en la economía mundial. En ese momento se trataba de una categoría de análisis económico, no de una organización política.

El contexto internacional comenzó a darle una dimensión distinta. En 2007, Vladímir Putin cuestionó en la Conferencia de Seguridad de Múnich la concentración del poder internacional en un único centro y planteó que el surgimiento de nuevos polos económicos tendría consecuencias sobre la distribución del poder. Un año después, la crisis financiera expuso las limitaciones de la arquitectura económica global y abrió con mayor fuerza el debate sobre la representación de las economías emergentes en las instituciones financieras.

Ese mismo año, Brasil, Rusia, India y China, comenzaron a coordinar posiciones sobre la crisis y la reforma del sistema financiero internacional. Esa coordinación desembocó en la primera cumbre de BRIC, celebrada en Ekaterimburgo en 2009, donde el grupo empezó a proyectarse como un espacio de concertación entre grandes economías emergentes y a defender una mayor participación en la gobernanza global.

Desde entonces, el grupo cambió de escala y de naturaleza. Sudáfrica se incorporó en 2011 y una nueva fase de expansión comenzó en 2024, con la incorporación de Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Indonesia se sumó como undécimo miembro en 2025. Lo que comenzó como una coordinación entre cuatro grandes economías emergentes terminó convirtiéndose en una plataforma que reúne actualmente a Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia.

BRICS: de grupo económico a plataforma de poder

Los BRICS+ no funcionan como una organización militar ni una alianza política con compromisos de defensa colectiva. Tampoco como una estructura supranacional al estilo de la Unión Europea. Su funcionamiento se basa en la coordinación entre Estados soberanos, y sus miembros mantienen diferencias importantes en materia de política exterior, intereses económicos y relaciones con otras potencias. Esa diversidad ha sido, al mismo tiempo, una de las características centrales del grupo.

Su dimensión actual permite entender por qué esa coordinación tiene un peso creciente. Los BRICS+ reúnen cerca del 50% de la población mundial, alrededor del 40% de la economía global medida por paridad de poder adquisitivo y aproximadamente el 26% del comercio mundial.

El tamaño, sin embargo, no explica por sí solo la evolución del grupo. Lo relevante es que esa masa económica y demográfica empieza a acompañarse de mecanismos de cooperación en ámbitos como las monedas locales, el financiamiento para el desarrollo, las cadenas de suministro, la tecnología, la infraestructura y los sistemas de pagos. La discusión deja así de estar centrada únicamente en cuánto representan los BRICS+ dentro de la economía mundial y empieza a involucrar qué capacidades pueden construir a partir de ese peso.

Esa transformación todavía esta incompleta y enfrenta diferencias internas, pero la agenda de Nueva Delhi muestra que el grupo está intentando dotarse de instrumentos para actuar sobre ámbitos que antes permanecían fuera de su alcance.

El siguiente paso: convertir el peso en capacidad

La cumbre de Nueva Delhi llevó esa agenda a un nivel más amplio. Las propuestas presentadas durante la reunión abarcaron comercio e inversión, zonas económicas especiales, cadenas de valor, economía digital, inteligencia artificial, manufactura inteligente, infraestructura, conectividad y formación de capital humano. La declaración también respaldó la Estrategia de Asociación Económica BRICS 2030 y llamó a fortalecer la cooperación industrial y tecnológica entre los miembros.

Las iniciativas anunciadas por los miembros apuntan en una dirección similar. China propuso una comunidad abierta de inteligencia artificial, una asociación entre zonas económicas especiales, una plataforma de cooperación para la industria digital, mayor colaboración en manufactura inteligente y una alianza para la formación de ingenieros. Rusia e Irán, por su parte, han insistido en fortalecer el papel del Nuevo Banco de Desarrollo y ampliar las posibilidades de financiamiento en monedas nacionales. El conjunto muestra una agenda que combina capacidades productivas, tecnológicas y financieras en lugar de tratarlas como asuntos separados.

Ese punto resulta relevante porque modifica la naturaleza de la competencia internacional. Las grandes potencias ya no compiten únicamente por mercados o por influencia diplomática. También lo hacen por la capacidad de ofrecer infraestructura tecnológica, financiamiento, cadenas industriales, plataformas digitales y acceso a nuevos mercados. Para muchos países del Sur Global, disponer de varias opciones puede aumentar su margen de negociación frente a los centros tradicionales de poder.

La presidencia china de BRICS en 2027 puede profundizar esta orientación. La declaración de Nueva Delhi respaldó a China como próximo presidente y sede de la XIX cumbre, lo que permitirá a Beijing impulsar durante el próximo año buena parte de estas iniciativas.

El dólar y la infraestructura financiera

La dimensión financiera permite observar tanto el alcance como los límites de esta transformación. La declaración de Nueva Delhi respalda el trabajo del BRICS Payment Task Force para explorar mecanismos de pagos transfronterizos más eficientes, la interoperabilidad de canales de pago y mensajería y un mayor uso de monedas nacionales para el comercio y la inversión. El documento también reconoce que no existe un modelo único y que cada país debe conservar sus propias prioridades.

Esto marca una diferencia importante frente a algunas de las expectativas que han acompañado al debate sobre la desdolarización. BRICS no anunció una moneda común ni presentó un sustituto de SWIFT. El avance se concentra en facilitar transacciones en monedas locales, conectar sistemas de pago y ampliar las alternativas disponibles para sus miembros.

El objetivo tampoco supone necesariamente abandonar el dólar. Mientras este continúe ocupando una posición central en las finanzas y el comercio internacionales, sustituirlo por completo requeriría una transformación mucho más profunda. Lo que sí está ocurriendo es la construcción gradual de mecanismos que permitan reducir la dependencia de una única infraestructura financiera.

La aparición de alternativas no necesita producir un nuevo sistema dominante para modificar el existente. Puede ampliar el margen de maniobra de los países y reducir, en determinadas operaciones, la exposición a decisiones tomadas fuera de sus propias jurisdicciones. Ese proceso todavía es fragmentado, pero su dirección empieza a adquirir mayor consistencia.

Washington frente a un tablero distinto

La evolución de BRICS también modifica el terreno sobre el que Estados Unidos debe formular su respuesta. Washington ya ha señalado que considera estratégicos los esfuerzos destinados a reducir el papel del dólar. Donald Trump había amenazado con imponer aranceles del 100 % a los países que promovieran una alternativa a la moneda estadounidense, una advertencia formulada antes de la cumbre de Nueva Delhi. La presión comercial se suma así a una disputa más amplia sobre tecnología, cadenas de suministro, comercio y mecanismos financieros.

Existe, sin embargo, una tensión en esta estrategia. Las medidas destinadas a elevar el costo de apartarse de determinadas estructuras también pueden aumentar el incentivo para desarrollar alternativas. El propio debate dentro de BRICS muestra que los países no necesitan compartir una política exterior común para tener interés en disponer de mayores opciones financieras y comerciales.

Arabia Saudita ofrece un ejemplo de esta dinámica. Riad mantiene una relación de seguridad fundamental con Estados Unidos, pero también ha profundizado sus vínculos económicos y diplomáticos con China. Beijing se convirtió en un socio central de la diversificación económica saudí y fue además mediador en la reanudación de relaciones entre Arabia Saudita e Irán en 2023. La pertenencia de ambos países a BRICS incorpora esa relación a una plataforma más amplia de cooperación entre potencias con intereses diferentes.

La escalada actual en el Mar Rojo introduce otro elemento en esa dinámica. El avance de Ansar Allah hacia el estrecho de Bab el-Mandeb eleva los riesgos para Arabia Saudita y para otros países del Golfo en una de las principales rutas marítimas del comercio y de los flujos energéticos del mundo. En un contexto en el que Riad ya mantiene vínculos económicos y diplomáticos cada vez más estrechos con Beijing, una mayor percepción de incertidumbre sobre las garantías de seguridad ofrecidas por Washington puede reforzar los incentivos para diversificar sus relaciones estratégicas

El episodio no implica un desplazamiento de Arabia Saudita hacia China ni permite hablar de un abandono de la alianza con Estados Unidos. Pero sí muestra por qué la diversificación puede resultar cada vez más atractiva para países que enfrentan un entorno internacional más incierto. Seguridad, comercio, energía, infraestructura y financiamiento están dejando de funcionar como compartimentos separados.

La respuesta estadounidense tendrá que desenvolverse en un escenario donde los países no necesariamente deben escoger un único socio. Pueden mantener relaciones de seguridad con Washington, comerciar con China, recibir financiamiento de instituciones distintas y participar simultáneamente en mecanismos impulsados por BRICS, la OCS u otras plataformas.

El triángulo de Primakov vuelve a aparecer

El llamado triángulo de Primakov (Rusia, China e India), fue planteado originalmente como una posible articulación entre las tres potencias frente a la concentración del poder estadounidense. Lo que durante años fue principalmente una idea geopolítica vuelve a encontrar elementos concretos en la relación entre sus tres vértices.

La cumbre de Nueva Delhi ofreció una imagen particularmente significativa de esa geometría. Xi Jinping, Vladímir Putin y Narendra Modi coincidieron en el mismo espacio mientras China e India avanzan en la estabilización de una relación marcada durante años por tensiones fronterizas y desconfianza estratégica.

El encuentro bilateral entre Xi y Modi produjo un mensaje que merece atención. Ambos coincidieron en que China e India deben ser socios y no rivales, mientras Modi reiteró que la política exterior india es independiente y que sus relaciones con China no están determinadas por terceros. Nueva Delhi también manifestó su respaldo a la presidencia china de BRICS en 2027 y a una mayor cooperación para fortalecer al Sur Global y promover la multipolaridad.

Esto no significa que India haya escogido entre Washington y Beijing. Su estrategia continúa apoyándose en relaciones simultáneas con diferentes centros de poder. Esa posición le ha permitido ampliar su margen de maniobra mientras profundiza sus vínculos económicos y estratégicos tanto con Occidente como con Asia.

El interrogante aparece hacia adelante. A medida que aumente la competencia entre Estados Unidos y China, mantener relaciones simultáneas con ambos puede resultar más complejo, pero también puede convertirse en una fuente de influencia para India. El comportamiento de Nueva Delhi será uno de los factores que determinen hasta qué punto la nueva configuración internacional se organiza alrededor de bloques o, por el contrario, alrededor de alianzas variables y geometrías superpuestas.

En perspectiva

Septiembre muestra una tendencia cada vez más evidente. En Bishkek, la Organización de Cooperación de Shanghái mostró cómo una plataforma regional puede ampliar sus instrumentos de cooperación; en Nueva Delhi, BRICS hizo lo propio desde una escala global, incorporando mecanismos relacionados con comercio, tecnología, finanzas, pagos e industria. Entre ambos espacios aparece una misma tendencia: la construcción gradual de capacidades que permiten a sus miembros ampliar sus opciones dentro de un sistema internacional cada vez menos concentrado.

La consolidación de esta tendencia todavía enfrenta límites. Los BRICS+ mantienen profundas diferencias internas, sus mecanismos financieros alternativos están lejos de sustituir a las estructuras dominantes y la interdependencia económica con Estados Unidos y Europa continúa siendo considerable. Tampoco existe una estructura política única que reúna a los distintos actores que impulsan una mayor autonomía internacional.

Pero esas limitaciones no eliminan el cambio que ya está ocurriendo. La desunipolarización está adquiriendo forma mediante instituciones, redes de pagos, bancos, corredores de infraestructura, y acuerdos que amplían el número de actores capaces de ejercer influencia. La cuestión hacia adelante será quién consigue convertir esas capacidades en poder duradero y qué reglas terminarán organizando la convivencia entre esos centros.

En noviembre, la eventual coincidencia de Xi Jinping, Donald Trump y Vladímir Putin en Shenzhen para la cumbre de la APEC podría ofrecer una nueva imagen de esa transformación. Más que una reedición de congresos como Viena en 1814 o Potsdam en 1945, el escenario permitirá observar cómo las principales potencias se relacionarán dentro de una distribución del poder que ya cambió.