Durante años, la política exterior china estuvo marcada por una lógica esencialmente defensiva. Beijing buscaba preservar un entorno internacional estable para concentrarse en su desarrollo interno, evitar una confrontación directa con Estados Unidos y ampliar gradualmente sus relaciones económicas y diplomáticas. Esa lógica no ha desaparecido, pero bajo Xi Jinping la política exterior china ha incorporado una ambición adicional: construir redes, instituciones e instrumentos que amplíen el margen de maniobra de China.
La Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) es uno de los escenarios donde este cambio resulta más visible.
OCS: de la seguridad fronteriza a una plataforma regional
La OCS nació en 2001 como un mecanismo de cooperación entre China, Rusia, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, inicialmente concentrado en asuntos de seguridad y estabilidad transfronteriza. Veinticinco años después, su agenda es considerablemente más amplia.
La organización aborda actualmente asuntos que van desde seguridad y energía hasta infraestructura, comercio, tecnología, transporte y cooperación financiera. El denominado Espíritu de Shanghai —basado en la confianza mutua, el beneficio compartido, la igualdad, el desarrollo común y el respeto a la diversidad— funciona como marco político para una organización cuyo alcance se ha expandido.
La evolución es importante porque la OCS tampoco responde al modelo tradicional de una alianza militar. Su funcionamiento se apoya en la soberanía, la no intervención y la coordinación entre Estados con sistemas políticos e intereses diferentes. Para China, esto permite ampliar la cooperación sin exigir que los participantes compartan una misma orientación política.
Una semana, dos corredores
Aunque la cumbre de la OCS fue el eje central de la agenda, las visitas de Xi a Kirguistán y Egipto permiten observar otra dimensión. Ambos países ocupan posiciones estratégicas dentro de las redes de conectividad asociadas a la Franja y la Ruta: Kirguistán en los corredores terrestres que atraviesan Asia Central y Egipto junto a una de las principales rutas marítimas del comercio mundial.
La secuencia permite observar una dimensión de la xiplomacia que resulta fácil perder de vista cuando se analizan las relaciones bilaterales por separado: Beijing está articulando conexiones entre geografías que cumplen funciones distintas dentro de sus redes comerciales y estratégicas.
En Kirguistán, Xi destacó la construcción del ferrocarril China-Kirguistán-Uzbekistán, un proyecto que puede reforzar las conexiones ferroviarias de China con Asia Central y abrir una nueva ruta hacia otros mercados de Eurasia. Su importancia radica también en la transformación de la infraestructura de transporte en una región donde China busca ampliar sus opciones de conectividad terrestre.
En Egipto, el punto de atención es diferente. El Canal de Suez ocupa una posición estratégica en las rutas marítimas entre Asia, Europa y África, mientras que la relación con Beijing se extiende a la manufactura, la infraestructura, la tecnología y el desarrollo de la zona económica del canal.
La distancia entre ambos países es precisamente lo que hace significativa la secuencia. Un ferrocarril en Asia Central y un corredor marítimo en Egipto pertenecen a geografías distintas, pero muestran el interés por ampliar las opciones de conectividad con las que China se relaciona con el exterior.
La cumbre: de las declaraciones a los instrumentos
La cumbre de Bishkek mostró que esa cooperación comienza a traducirse en mecanismos concretos. Los Estados miembros adoptaron la Declaración de Bishkek y un conjunto de instrumentos sobre asuntos que incluyen energía, tecnología, infraestructura y conectividad.
Los anuncios de mayor alcance destacan en tres áreas. La primera es la tecnología, con la creación de un centro de cooperación internacional para aplicaciones de inteligencia artificial y la propuesta china de desarrollar un centenar de proyectos tecnológicos durante los próximos tres años. La segunda es la conectividad, con el establecimiento de un centro de cooperación económica portuaria China-OCS en Tianjin. La tercera es la financiación, donde continúan los esfuerzos por ampliar el uso de monedas locales y avanzar hacia un banco de desarrollo de la OCS en Kazajistán.
Estos proyectos tienen naturalezas distintas, pero comparten una característica: la cooperación política está empezando a generar capacidades permanentes. Un centro tecnológico crea canales de intercambio; una plataforma portuaria facilita conexiones económicas; los mecanismos financieros ofrecen alternativas para las transacciones entre los miembros.
Es ahí donde la evolución de la OCS adquiere relevancia. La organización comenzó alrededor de preocupaciones de seguridad regional y hoy funciona también como espacio para desarrollar infraestructura, tecnología y mecanismos económicos. Para Beijing, cada una de estas áreas abre un nuevo punto de articulación con sus socios.
Multipolaridad con herramientas propias
En Bishkek, Xi Jinping vinculó estas iniciativas con una lectura más amplia del sistema internacional. Su discurso volvió sobre una idea recurrente de la diplomacia china: la multipolaridad constituye una tendencia irreversible y el unilateralismo, el proteccionismo y las presiones sobre otros Estados generan inestabilidad.
El punto está en observar cómo esa visión empieza a traducirse en mecanismos concretos.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta, la Iniciativa de Seguridad Global y la Iniciativa de Civilización Global forman parte de una diplomacia que busca proyectar conceptos chinos sobre desarrollo, seguridad y relaciones internacionales. A ello se suma una creciente red de instrumentos económicos, tecnológicos y financieros.
La utilización de monedas locales en determinadas transacciones, la expansión de infraestructura ferroviaria y la cooperación tecnológica apuntan a esa dirección. Cada uno reduce ciertas dependencias y amplía las alternativas disponibles para los países participantes.
Una red que trasciende la OCS
Bishkek importa también por las conexiones que se proyectan más allá de la OCS.
Rusia ocupa un lugar central en esta red. India, Irán y los países de Asia Central también participan, en diferentes grados, de una arquitectura de cooperación que se superpone con espacios como los BRICS y la propia Franja y la Ruta.
Esta superposición es significativa. Un país puede mantener simultáneamente relaciones con China, Rusia, India, Estados Unidos y Europa, mientras participa en distintos mecanismos de cooperación. Esta superposición permite a Beijing ampliar sus vínculos sin depender de una única organización.
En este escenario, Eurasia adquiere un peso creciente. La infraestructura, la energía, las rutas comerciales, los corredores ferroviarios y la conectividad digital están convirtiendo la geografía continental en un componente cada vez más relevante de la competencia y la cooperación internacional.
Washington y el espacio que Beijing está ocupando
La dimensión geopolítica de la OCS adquiere mayor relevancia al observar quiénes forman parte de ella. Rusia e Irán, dos países cuyas relaciones con Estados Unidos atraviesan tensiones, son hoy miembros de pleno derecho de la organización.
Esto no convierte a la OCS en una alianza antiestadounidense. Las diferencias entre sus miembros siguen siendo importantes —India y China, por ejemplo, mantienen sus propias tensiones— y la organización no funciona bajo una lógica de defensa colectiva. Su importancia está precisamente en ofrecer un espacio institucional en el que países con relaciones tensas con Washington puedan cooperar con China sin que esa cooperación se vuelva formalmente una alianza militar o política.
Aquí es donde la xiplomacia adquiere una dimensión particularmente relevante. La fragmentación internacional está creando nuevos espacios de negociación y cooperación, y Beijing está llegando a ellos con una red de relaciones cada vez más amplia.
Las crisis que atraviesan Europa y Medio Oriente han incrementado la demanda de interlocución diplomática y de mecanismos económicos alternativos. China ha desarrollado capacidades para operar en esos escenarios, pues mantiene canales con Moscú y Teherán, profundiza su presencia en Medio Oriente y utiliza organismos como la OCS y los BRICS para ampliar la cooperación con distintos países del Sur Global.
La fragmentación internacional puede, en determinados escenarios, ampliar el margen de acción de Beijing. Pero esa capacidad no depende únicamente de las crisis: también se construye en los ferrocarriles de Asia Central, en los puertos y corredores del Mediterráneo, en los mecanismos financieros de la OCS y en las redes de cooperación tecnológica que China está impulsando.
De Bishkek a Washington
La agenda internacional de Xi Jinping también refleja esa capacidad de combinar diferentes escenarios.
Tras Bishkek, China continúa utilizando su diplomacia para mantener abiertos canales con Washington, mientras profundiza simultáneamente sus relaciones con otros actores. La posibilidad de un encuentro entre Xi Jinping, Donald Trump y Vladimir Putin durante la cumbre de APEC en Shenzhen, prevista para el 18 y 19 de noviembre, introduce un escenario particularmente significativo para observar esa diplomacia de múltiples frentes. La posibilidad de una reunión trilateral ha sido mencionada por el Kremlin, aunque todavía no existe una confirmación de que vaya a suceder.
Más allá de que ese encuentro llegue a concretarse, el contexto en el que se plantea resulta revelador. China puede sentarse con Estados Unidos mientras fortalece su relación estratégica con Rusia y desarrolla nuevos mecanismos de cooperación con países de Asia, Medio Oriente y el resto del Sur Global.
El margen de acción de Beijing proviene cada vez más de su capacidad para mantener abiertas varias relaciones simultáneamente y adaptarlas según las circunstancias.
En perspectiva
La cumbre de Bishkek muestra una diplomacia china que ha ganado capacidad para pasar de la defensa de principios a la construcción de instrumentos.
Soberanía, no intervención, cooperación y multipolaridad continúan siendo conceptos centrales del discurso de Beijing. La diferencia está en que ahora esos principios están acompañados por redes financieras, proyectos de infraestructura, mecanismos tecnológicos, plataformas de cooperación y nuevas instituciones.
La OCS constituye uno de los mejores ejemplos de esta transformación. Lo que comenzó como un mecanismo de seguridad fronteriza se ha convertido en una plataforma desde la cual China puede articular intereses con Rusia, India, Irán y Asia Central, entre otros actores, y proyectar una visión propia sobre el funcionamiento del sistema internacional.
La xiplomacia, en este sentido, describe algo más que un estilo diplomático asociado a Xi Jinping. Describe la evolución de una China que, además de adaptarse al orden existente, busca construir los espacios, instituciones y mecanismos desde los cuales ejercer mayor influencia sobre el orden que viene.
