La visita de Estado de Xi Jinping a Washington deja una imagen difícil de separar de la relación que China y Estados Unidos intentan construir: una recepción cargada de simbolismo, acuerdos concretos pero limitados y un lenguaje diplomático que busca definir los márgenes de una competencia que ninguna de las dos potencias parece dispuesta a abandonar.
El encuentro fue el segundo entre Donald Trump y Xi Jinping en menos de seis meses y el primero de un presidente chino en Washington desde 2015. También fue la primera vez que un mandatario chino realizó dos visitas de Estado a Estados Unidos. Pero la relación no se asentará por mucho tiempo. En noviembre, la atención se trasladará a Shenzhen, donde China será anfitriona de la cumbre de APEC y donde podría producirse una eventual coincidencia entre Xi, Trump y Vladímir Putin. Además, ambos presidentes manifestaron su intención de asistir a las reuniones de APEC y el G20 organizadas por la otra parte.
La visita parece haber consolidado una forma de administrar una relación en la que competencia y cooperación tendrán que coexistir durante los próximos años, más que un punto de inflexión.
Una cumbre cargada de símbolos
Los mensajes comenzaron desde antes de que Trump y Xi se sentaran a conversar. El presidente estadounidense recibió personalmente a Xi en la base aérea de Andrews, algo que no constituye el procedimiento habitual para las visitas de Estado de líderes extranjeros. Posteriormente, encabezó la ceremonia oficial de bienvenida en la Casa Blanca, donde la administración estadounidense presentó el encuentro como una visita histórica, destacando que era la segunda visita de Estado de Xi a Estados Unidos.
La composición de las delegaciones también ofreció una señal sobre el carácter de esta visita. En mayo, Trump había llegado a Beijing acompañado por una amplia representación empresarial estadounidense. Para Washington se había previsto inicialmente una presencia importante de empresarios chinos, pero esa delegación finalmente no acompañó a Xi. En cambio, la cena ofrecida por Trump reunió a varios de los principales ejecutivos de la industria tecnológica y empresarial estadounidense. La diferencia no necesariamente refleja una ruptura en las relaciones empresariales, pero sí marcó un contraste entre ambos encuentros.
El protocolo también recurrió a la memoria histórica. Durante la cena se sirvió el mismo vino espumoso utilizado en 1972 durante el histórico encuentro entre Richard Nixon y Zhou Enlai, un detalle que vinculó deliberadamente la visita con uno de los momentos fundacionales de las relaciones diplomáticas entre Washington y Beijing.
Pero quizá el contraste más revelador estuvo en el lenguaje. Trump ha acostumbrado a referirse a Xi como “amigo”, “gran amigo” o “viejo amigo”, y volvió a utilizar ese registro durante esta etapa de su relación. Xi, en cambio, ha descrito el vínculo con Washington mediante conceptos como respeto, reciprocidad, comunicación, confianza y estabilidad. Ese registro responde a una lógica distinta con la que Beijing está intentando definir las condiciones necesarias para gestionarla relación con Washington.
La comparación con Rusia hace más visible esa diferencia. En mayo, durante la visita de Vladímir Putin a Beijing, Xi volvió a referirse al presidente ruso como su “viejo amigo”, una expresión que también ha utilizado anteriormente para describir la relación entre ambos.
La diferencia no establece por sí sola una jerarquía entre las relaciones de China con Rusia y Estados Unidos. Sin embargo, sí muestra como Beijing utiliza registros diplomáticos distintos para describir sus vínculos con cada potencia. Con Moscú aparece con mayor claridad un lenguaje de afinidad política y confianza personal; con Washington, el énfasis recae en las reglas necesarias para gestionar una relación competitiva.
De la guerra comercial a la estabilidad estratégica
Ese lenguaje terminó condensándose en una expresión que pasó de la reunión de mayo en Beijing al encuentro de Washington: estabilidad estratégica.
Xi recordó que ambos presidentes habían acordado en mayo construir una relación sino-estadounidense “constructiva de estabilidad estratégica”. En Washington, esa fórmula volvió a aparecer vinculada a cuatro elementos: respeto, equidad, reciprocidad y una combinación de cooperación y competencia dentro de límites manejables.
En términos prácticos, la estabilidad estratégica supone aceptar que la competencia continuará, pero establecer mecanismos para impedir que cada disputa termine convirtiéndose en una crisis mayor. Esto requiere mantener canales de comunicación, gestionar las diferencias y reducir el riesgo de que una disputa termine provocando una crisis mayor.
Aquí aparece una diferencia fundamental con la Guerra Fría. Washington y Beijing no son dos sistemas económicos separados por una cortina de hierro. Sus empresas continúan comerciando, sus cadenas de suministro permanecen conectadas y sus decisiones en materia de tecnología, energía, finanzas o materias primas producen efectos inmediatos sobre la economía del otro.
La estabilidad estratégica, por tanto, no significa superar la competencia. Significa hacerla administrable.
Esa parece ser la lógica que explica varios de los resultados de Washington. Las dos potencias no resolvieron sus diferencias fundamentales, pero sí acordaron ampliar los canales destinados a impedir que esas diferencias terminen desbordando la relación completa.
La tregua que llegó antes de la cumbre
El movimiento que permitió reducir la presión económica antes del encuentro ocurrió fuera de Washington. Días antes de la visita, los equipos encabezados por el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino, He Lifeng, acordaron extender hasta enero de 2027 la tregua comercial que había permitido reducir temporalmente parte de las medidas arancelarias adoptadas durante la escalada entre ambos países. La visita de Xi permitió consolidar ese entendimiento y añadir nuevos compromisos en materias como productos agrícolas, energía y minerales críticos.
Esto modifica el terreno de la negociación. La relación comercial entre Washington y Beijing ya no está definida únicamente por la imposición de aranceles y las respuestas posteriores, sino que ha entrado en una etapa de administración de la interdependencia. Washington mantiene instrumentos de presión sobre Beijing y Beijing conserva capacidades para responder, pero ambos tienen incentivos para evitar que la confrontación vuelva a interrumpir cadenas productivas y mercados.
La tregua tampoco equivale a una solución estructural. Las disputas sobre acceso a mercados, tecnología, subsidios, cadenas de suministro y política industrial permanecen. Lo que se logró fue ampliar el espacio de negociación y reducir, al menos temporalmente, la posibilidad de una nueva escalada.
En ese sentido, la cumbre no cerró la guerra comercial. Hizo algo más limitado, pero relevante: convirtió parte de la confrontación en una relación que puede ser negociada de manera recurrente.
Tres frentes de una misma relación
Más allá del comercio, las conversaciones mostraron que la relación bilateral está cada vez más vinculada a asuntos que trascienden los aranceles. Por un lado, la inteligencia artificial se convirtió en uno de los nuevos espacios de diálogo entre las dos potencias. Washington y Beijing acordaron establecer conversaciones sobre los riesgos y beneficios de la llamada “superinteligencia” y mantener un canal bilateral de comunicación para incidentes relacionados con estas tecnologías.
El mecanismo es relevante porque la IA ocupa simultáneamente un lugar en la cooperación potencial y de la competencia tecnológica entre ambos países, ocupando un espacio similar al que otras tecnologías estratégicas tuvieron en anteriores etapas de rivalidad entre grandes potencias. El diálogo sobre seguridad no elimina la disputa por capacidades, infraestructura, modelos y aplicaciones de inteligencia artificial. Sin embargo, la competencia tecnológica no elimina la necesidad de mantener canales de comunicación que funcionen durante periodos de tensión en la relación.
Sobre el Golfo Pérsico, la conversación abordó directamente a Irán y a la seguridad de las rutas marítimas. Trump y Xi coincidieron en que Teherán debe cumplir su compromiso de no desarrollar armas nucleares y en que ningún país o institución debe imponer peajes sobre las vías navegables internacionales.
Para Washington, además, el asunto energético tiene una dimensión doméstica especialmente sensible. La guerra con Irán y las alteraciones en los mercados energéticos han elevado los precios de los combustibles en Estados Unidos, convirtiendo el costo de la energía en una fuente adicional de presión para la administración Trump a pocas semanas de las elecciones intermedias
En ese contexto, la estabilidad de las rutas marítimas y del suministro energético adquiere para Washington una dimensión que va más allá de la política exterior. Para China, cuya economía también depende de la continuidad de los flujos comerciales y energéticos, la seguridad de esas rutas constituye igualmente un interés estratégico.
Finalmente, Taiwán continúa ocupando un lugar diferente. A diferencia de la IA o de las rutas marítimas, aquí se encuentra una cuestión que Beijing considera directamente vinculada con su soberanía y que Washington incorpora a su arquitectura de seguridad en el Indo-Pacífico. Por eso, mientras existen espacios de negociación económica y cooperación funcional en otros asuntos, Taiwán continúa siendo uno de los puntos donde la idea de “competencia dentro de límites” enfrenta su prueba más exigente.
Los tres casos muestran hasta donde se ha extendido la relación bilateral. Comercio, tecnología, seguridad, energía y gobernanza internacional ya no pueden analizarse como compartimentos separados: una disputa en uno de estos campos puede modificar los incentivos y las posibilidades de negociación en los demás.
Las tierras raras y los límites de la presión
Las tierras raras constituyen uno de los ejemplos más claros de esa interdependencia, donde China posee una posición dominante a lo largo de buena parte de la cadena. No se trata solamente de procesamiento. El país concentra también una proporción muy significativa de la extracción mundial y de las reservas. En 2024 representó aproximadamente el 71 % de la producción mundial de tierras raras minadas, mientras que su participación en el procesamiento alcanzó cerca del 87 %. En el caso específico de las tierras raras utilizadas para imanes permanentes, la IEA estima que China concentró el 60 % de la producción minera y el 91 % de la refinación mundial en 2024.
Esta posición convierte a las tierras raras en una herramienta de negociación geoeconómica. Los controles de exportación pueden afectar sectores que van desde vehículos eléctricos y energías renovables hasta defensa, electrónica y centros de datos. Al mismo tiempo, Washington posee instrumentos propios, especialmente en materia de tecnología, inversión, finanzas y controles de exportación.
Pero las dependencias no son iguales para ambos. Estados Unidos puede intentar reducir su exposición a los minerales chinos desarrollando nuevas fuentes de extracción y procesamiento, pero construir esas capacidades toma años. China, por su parte, puede enfrentar restricciones estadounidenses sobre tecnologías y componentes estratégicos, pero tampoco puede sustituir rápidamente todos los mercados y tecnologías occidentales.
La disputa por las tierras raras muestra así los límites de una estrategia basada exclusivamente en la presión. La interdependencia puede convertirse en una fuente de poder, pero también establece límites al uso de ese poder.
¿Un G2 que llega tarde?
Durante años, la idea de una especie de G2 entre Washington y Beijing apareció en distintos debates sobre la distribución del poder internacional. La lógica era relativamente sencilla: si Estados Unidos y China concentraban una parte creciente de las capacidades económicas, tecnológicas y militares del sistema, una coordinación entre ambos podía determinar buena parte de las reglas internacionales.
El problema de esa lectura es que deja fuera a otros centros de poder que no han desaparecido de la ecuación. Rusia conserva capacidades militares y estratégicas que le otorgan un peso internacional muy superior al que sugeriría el tamaño de su economía. India ha ampliado su margen de maniobra y mantiene relaciones simultáneas con Washington, Beijing y Moscú; y espacios como BRICS o la OCS reflejan una búsqueda de mayor autonomía por parte de numerosos países.
La relación entre China y Rusia es particularmente importante porque introduce un tercer centro de poder que no desaparece ante una eventual mejora de las relaciones entre Washington y Beijing. En mayo de 2026, Xi y Putin reafirmaron su asociación estratégica y coincidieron en cuestionamientos a distintas iniciativas estadounidenses en materia de defensa y seguridad internacional. Al mismo tiempo, la ausencia de un acuerdo definitivo sobre el gasoducto Power of Siberia 2 mostró que la relación tampoco supone coincidencia automática en todos los intereses económicos.
Washington también parece reconocer que el tablero no puede reducirse a dos jugadores. La administración Trump invitó formalmente a Putin a la próxima cumbre del G20 en Miami, mientras permanece abierta la posibilidad de una coincidencia entre los tres líderes en Shenzhen durante la cumbre de la APEC. Además, la Casa Blanca señaló que Trump planteó durante su conversación con Xi la posibilidad de negociaciones trilaterales sobre control de armas entre Estados Unidos, Rusia y China.
Esto no implica que esté emergiendo una alianza tripartita. Sus intereses siguen siendo diferentes y, en algunos casos, contradictorios. Pero la distribución del poder actual hace cada vez más difícil explicar la política internacional exclusivamente desde el eje Washington-Beijing. La relación entre las tres grandes potencias puede adoptar distintas geometrías según el asunto: cooperación en control de armas, competencia tecnológica, coordinación económica, confrontación en seguridad o acuerdos puntuales sobre asuntos específicos.
Más que una nueva Guerra Fría
La comparación con la Guerra Fría resulta útil para identificar la competencia estratégica, pero insuficiente para explicar el sistema que está tomando forma. Estados Unidos y China compiten por tecnologías críticas, capacidad industrial, influencia internacional, rutas comerciales y estándares. También mantienen diferencias profundas sobre seguridad y soberanía. Pero, a diferencia de la confrontación entre Washington y Moscú durante el siglo XX, ambos países permanecen profundamente integrados en la economía mundial y no representan dos bloques económicos completamente separados.
El cambio también ocurre fuera de la relación entre las grandes potencias. La etapa posterior a la Guerra Fría estuvo acompañada por la expansión de un modelo económico que privilegió la liberalización comercial, la reducción de determinadas formas de intervención estatal y la integración global de las cadenas de producción. Las tensiones generadas por la crisis financiera de 2008, las disrupciones de las cadenas de suministro, la pandemia y la competencia tecnológica han llevado a numerosos gobiernos a replantear algunos de esos supuestos.
En ese contexto, el Estado ha recuperado un papel más activo como actor económico, mediante políticas industriales, subsidios estratégicos, protección de sectores críticos, inversión pública y estrategias para recuperar capacidades productivas consideradas esenciales. Estados Unidos, China y la Unión Europea han desarrollado, con diferencias importantes, instrumentos de este tipo.
Esto ayuda a entender por qué el debate contemporáneo no se limita a quién tendrá más influencia geopolítica. También existe una discusión sobre qué modelos de desarrollo pueden sostener esa influencia. El regreso de la política industrial y de formas de economía mixta cuestiona la idea de que la organización económica mundial seguiría avanzando necesariamente hacia una convergencia bajo un único modelo.
Por eso, lo que emerge tampoco parece ser simplemente una nueva Guerra Fría. Es un sistema donde conviven competencia entre grandes potencias, interdependencia económica, modelos de desarrollo diferentes y una creciente capacidad de los países intermedios para establecer relaciones simultáneas con distintos centros.
El margen de maniobra del Sur Global
Este cambio tiene una consecuencia directa para el llamado Sur Global: abre nuevas opciones, pero también obliga a los países a gestionar relaciones más complejas.
Durante buena parte de la etapa posterior a la Guerra Fría, las relaciones económicas y de seguridad de muchos países estuvieron condicionadas por la posición predominante de Estados Unidos y sus aliados. La aparición de nuevos centros de financiación, comercio, infraestructura, tecnología y cooperación no elimina esa influencia, pero introduce alternativas que antes tenían un peso menor.
Tener más socios no garantiza, por sí mismo, mayor autonomía. También importa la capacidad de cada Estado para evitar que la competencia entre grandes potencias termine convirtiéndose en una presión para escoger un solo lado. Esa capacidad depende de factores internos: estructura productiva, diversificación comercial, infraestructura, autonomía energética, capacidades tecnológicas e instituciones capaces de negociar acuerdos de largo plazo.
Colombia ofrece un ejemplo claro de este margen de acción. Estados Unidos continúa siendo un mercado fundamental y un socio estratégico para el país, mientras China ocupa una posición central en el comercio colombiano y ha adquirido mayor presencia en infraestructura, tecnología e inversión. Una reducción de las tensiones entre Washington y Beijing podría ampliar el espacio para desarrollar simultáneamente ambos vínculos, siempre que Colombia cuente con una estrategia propia para aprovecharlos.
En ese escenario, la política exterior económica adquiere una importancia mayor. La diversificación no significa distribuir relaciones de manera automática entre potencias, sino convertir distintos vínculos en capacidades concretas: acceso a mercados, inversión productiva, transferencia tecnológica, infraestructura, financiación y oportunidades para aumentar la complejidad de la economía.
La transformación del sistema internacional, por tanto, puede ampliar el margen de maniobra de países como Colombia, pero ese margen no aparece por sí solo. Se construye a partir de capacidades nacionales.
En perspectiva
La cumbre de Washington no resolvió las principales disputas entre China y Estados Unidos. La competencia tecnológica continúa, las diferencias sobre Taiwán permanecen, la estructura comercial sigue siendo objeto de negociación y las tierras raras muestran que las dependencias estratégicas no desaparecen simplemente porque dos gobiernos decidan reducir temporalmente sus tensiones.
Lo que sí parece estar tomando forma es una manera diferente de administrar esa competencia. La estabilidad estratégica propuesta por Xi no implica una convergencia entre Washington y Beijing, sino la búsqueda de mecanismos que permitan mantener la rivalidad dentro de límites que ambos puedan gestionar.
La próxima prueba estará en Shenzhen. Si Xi, Trump y Putin coinciden allí durante APEC, la imagen condensará buena parte de la transformación que atraviesa el sistema internacional: tres potencias con capacidades diferentes, intereses parcialmente coincidentes y relaciones que no encajan en una división rígida de bloques. La propia decisión de ambos presidentes de apoyarse mutuamente en la organización de APEC y el G20 y de asistir a las reuniones organizadas por la otra parte apunta a que la competencia puede coexistir con mecanismos de coordinación.
El escenario que se perfila es una multipolaridad marcada por la competencia, interdependencia y acuerdos que pueden variar según el asunto. Washington y Beijing seguirán siendo los principales protagonistas de la disputa tecnológica y económica; Moscú conservará un peso estratégico propio; India y otras potencias intermedias tendrán mayor capacidad para maniobrar; y el Sur Global dispondrá de más espacios para diversificar sus relaciones.
La cuestión central será si esa multiplicidad de centros de poder consigue traducirse en una convivencia más estable o si, por el contrario, la competencia entre ellos terminará fragmentando nuevamente la economía y la política internacional. La cumbre de Washington no respondió esa pregunta. Pero sí dejó claro que el Sistema Internacional que deberá hacerlo ya no está organizado alrededor de un único centro de poder.

