El estrecho de Taiwán no aparece como una disputa entre dos soberanías equivalentes ni como una crisis meramente coyuntural. Se presenta, ante todo, como una cuestión histórica de reunificación nacional, anclada en el principio de una sola China, en la memoria de la guerra civil, en el orden internacional de posguerra y en una estrategia que combina firmeza política, disuasión militar e integración económica y social para una Nueva Era en China.
El libro blanco sobre la cuestión de Taiwán publicado en 2022 afirma que Taiwán ha pertenecido a China desde tiempos antiguos y reconstruye una línea histórica que enlaza la presencia administrativa china previa al siglo XIX con la idea de continuidad territorial. En ese marco, la ocupación colonial japonesa no aparece como el origen de una soberanía separada, sino como una interrupción histórica que refuerza, precisamente, la narrativa de recuperación de la integridad territorial. La función política de este relato es clara: situar la cuestión de Taiwán no en el terreno de la autodeterminación, sino en el de la restauración de la unidad nacional.
El segundo pilar de esta narrativa es el orden de posguerra. Los medios chinos vuelven una y otra vez sobre la Declaración de El Cairo, la Proclamación de Potsdam y la rendición japonesa para afirmar que Taiwán fue devuelto a China al final de la Segunda Guerra Mundial. Bajo esta lectura, el asunto no es solo doméstico: se trata también de la continuidad de un arreglo internacional surgido tras la derrota del militarismo japonés. De ahí que, en la argumentación china, cualquier intento de desvincular a Taiwán de China no solo contradiga la historia nacional, sino también el marco político-jurídico establecido en Asia oriental después de 1945.
A partir de 1949, la cuestión cambia de forma, pero no de naturaleza. CGTN la presenta como un legado de la guerra civil china: una separación política prolongada por la intervención de fuerzas externas, no el nacimiento de un segundo Estado chino. Esa lectura se refuerza con la centralidad que los medios chinos atribuyen a la Resolución 2758 de la Asamblea General de la ONU, entendida como la confirmación internacional de que existe una sola representación legítima de China. En consecuencia, la relación entre ambas orillas del Estrecho es descrita como una relación interna entre chinos, no como un vínculo interestatal. Ese punto sigue siendo la base conceptual de toda la cobertura actual.
El gran giro contemporáneo, según China Daily, llegó con el Mensaje a los compatriotas de Taiwán del 1 de enero de 1979. Ese texto marcó el paso de la confrontación armada a la reunificación pacífica, propuso terminar la lógica militar directa y abrió la puerta al intercambio postal, comercial, humano y turístico. La importancia de ese precedente sigue siendo enorme en la narrativa china porque fija la idea de que la estabilidad del Estrecho no descansa en congelar la separación, sino en sustituir la confrontación por una integración gradual. Desde entonces, la paz transestrecho es presentada como una paz bajo el principio de una sola China y no como neutralidad respecto de la soberanía.
Sobre esa base se consolidó el lugar del Consenso de 1992, descrito por People’s Daily como el “ancla” de las relaciones a través del Estrecho. En la narrativa china, su valor no es retórico: define la base política indispensable para el diálogo, para la cooperación funcional y para cualquier disminución de la tensión. Cuando ese marco opera, según esta periodización, avanzan los contactos y los acuerdos; cuando se erosiona, reaparecen la desconfianza y la confrontación. Esa secuencia es importante porque organiza retrospectivamente la lectura china del período 2008-2016, presentado como la fase reciente de mayor distensión y de mayor densidad práctica en los vínculos entre ambas orillas.
China Daily usa dos hitos para ilustrar ese ciclo de acercamiento. El primero es el comienzo de los enlaces directos en 2008, cuando en el primer día operaron 16 vuelos entre Taipéi y seis ciudades del continente, reduciendo tiempos y costos de desplazamiento. El segundo es la reunión Xi-Ma de 2015 en Singapur, descrita como el primer encuentro entre líderes de ambos lados del Estrecho desde 1949. En la cobertura china, estos hechos funcionan como pruebas de que la interacción política, económica y social puede avanzar de manera sustantiva cuando existe una base compartida de una sola China.
El contrapunto a esa etapa de distensión es la Ley Antisecesión de 2005, que Xinhua calificó en su vigésimo aniversario como un “hito” en la política hacia Taiwán. La ley es presentada menos como un instrumento puramente coercitivo que como una codificación jurídica de una línea de disuasión: la reunificación pacífica sigue siendo la opción preferente, pero la “independencia de Taiwán” y la interferencia externa son líneas rojas. Esa combinación entre disposición al arreglo pacífico y advertencia frente a la secesión sigue ordenando el discurso actual de Beijing y explica por qué los medios chinos insisten en que paz y firmeza no son enfoques opuestos, sino complementarios.
Ese equilibrio entre apertura y dureza se hizo más visible tras 2022. Xinhua presentó el libro blanco de ese año como una reafirmación de la reunificación en la “nueva era”, mientras que otros textos oficiales subrayaron que el principio de una sola China se había convertido en un consenso internacional cada vez más extendido. En paralelo, el deterioro del entorno estratégico (leído desde estos medios como resultado de separatismo interno e interferencia externa) dio más visibilidad a la dimensión de seguridad. La narrativa china de los últimos años, por tanto, no abandona la reunificación pacífica, pero la ubica en un contexto de competencia geopolítica más áspera.
En 2026, ese marco doctrinal sigue plenamente vigente. El informe de trabajo del gobierno presentado en marzo reiteró el compromiso con el principio de una sola China y con el Consenso de 1992, al tiempo que prometió combatir resueltamente a las fuerzas separatistas de la “independencia de Taiwán”, oponerse a la interferencia externa y promover los intercambios, la cooperación y el desarrollo integrado a través del Estrecho. Es decir, la línea oficial combina tres elementos en una sola fórmula: soberanía, disuasión e integración. Esa misma fórmula recorre la cobertura mediática de estas semanas.
La dimensión integradora tiene hoy un territorio privilegiado: Fujian. Xinhua informó en marzo que el continente desplegará nuevas medidas para impulsar la cooperación económica a través del Estrecho, incluyendo políticas de apoyo a empresas financiadas por taiwaneses, colaboración industrial y la construcción de un “mercado común”, con respaldo a la zona de desarrollo integrado de Fujian y a polos de cooperación en Pingtan, Kunshan y Dongguan. Fujian ocupa una posición singular por su cercanía geográfica, sus lazos históricos y su papel como plataforma práctica para profundizar la convergencia social y económica con Taiwán. En la narrativa china, la reunificación no es solo un horizonte político, sino también un proceso de integración de hecho.
CGTN recordó en enero de 2026 que, desde 2001, esas rutas directas entre Fujian y las islas de Kinmen y Matsu han acumulado más de 26 millones de trayectos y que solo en 2025 más de 1,43 millones de residentes de Taiwán utilizaron ese corredor, una cifra récord. En abril, People’s Daily mostró que esos enlaces volvieron a llenarse durante Qingming, cuando numerosos viajeros cruzaron para visitar tumbas ancestrales y reconectar con sus raíces familiares y culturales en el continente. La cobertura no trata estos desplazamientos como simple movilidad: los presenta como prueba material de que los lazos históricos y sociales entre ambas orillas siguen activos y pueden ampliarse.
La actualización más importante de la coyuntura llegó entre el 10 y el 11 de abril, hora de Beijing, con el encuentro entre Xi Jinping y Cheng Li-wun, presidenta del Kuomintang. CGTN subrayó que era la primera visita de una presidenta del KMT al continente en una década y destacó que palabras como “hogar compartido”, “una familia” y “paz” dominaron la reunión. Xi insistió en que ambos lados del Estrecho pertenecen a una sola China y planteó cuatro orientaciones para avanzar: fortalecer la identidad común, salvaguardar la patria compartida mediante el desarrollo pacífico, mejorar el bienestar a través de intercambios e integración, y trabajar juntos por la revitalización nacional. Cheng, por su parte, defendió el desarrollo pacífico de los vínculos transestrecho. Este episodio es clave porque reactualiza un patrón central de la política china: apertura al diálogo con las fuerzas que aceptan una base común y rechazo frontal a la secesión.
Esa disposición al diálogo no implica relajación estratégica. El 8 de abril, People’s Daily informó que la portavoz Zhu Fenglian reiteró la voluntad del continente de esforzarse por la paz, pero siempre sobre la base del Consenso de 1992 y de la oposición a la “independencia de Taiwán”. Dos días después, CGTN señaló que, junto con la diplomacia partidaria y los intercambios, el continente seguía reforzando medidas de apoyo a los residentes de Taiwán, como la exención de tasas para permisos de primer ingreso y la ampliación a 100 de los puertos habilitados para expedirlos; el resultado, según ese medio, fue que las visitas transestrecho superaron los 5 millones en 2025, el nivel más alto en seis años. La conclusión es clara: la integración práctica avanza, pero siempre dentro de un marco político cuidadosamente delimitado.
Beijing está ejecutando una estrategia de capas superpuestas. La primera es histórico-jurídica: consolidar la idea de que Taiwán es parte de China y que esa condición está respaldada tanto por la historia como por el orden de posguerra. La segunda es político-militar: elevar el costo del separatismo y de la interferencia externa, sin renunciar a la reunificación pacífica como opción prioritaria. La tercera es económico-social: profundizar la integración mediante movilidad, inversión, reconocimiento normativo, cooperación territorial y reactivación de canales políticos con actores no separatistas. Lo que muestran las noticias más recientes es que esas tres capas están operando al mismo tiempo. Y, en la lógica de los medios chinos, ahí reside hoy la clave para entender el Estrecho de Taiwán.