La imagen de la cumbre en Beijing deja varias lecturas. Donald Trump llegó al Gran Salón del Pueblo acompañado por altos ejecutivos de algunas de las empresas tecnológicas y financieras más influyentes de Estados Unidos. El detalle no es menor: en esta ocasión fue el presidente estadounidense quien cruzó el Pacífico para reunirse con Xi Jinping y no al revés.
La cumbre: lo que se dijo y lo que se calló
Xi Jinping inició las conversaciones apelando a la llamada “Trampa de Tucídides”: tesis según la cual el ascenso de una potencia emergente suele terminar en conflicto con la dominante. El mensaje apuntaba a presentar a China y a Estados Unidos como capaces de evitar ese patrón histórico. Su discurso combinó referencias a la coexistencia y la estabilidad con una insistencia constante en la soberanía china. También se reivindicó el XV Plan Quinquenal como prueba de que Beijing sigue pensando en horizontes de largo plazo propios del modelo político chino.
Trump adoptó un tono distinto. Habló de reciprocidad comercial, acceso a mercados y posibles acuerdos comerciales, además de remarcar lo “maravillosa” y buena relación que tiene con el presidente Xi. Insistió también en que la delegación de empresarios que lo acompañaban estaba interesada en ampliar negocios con China. El contraste fue evidente. Mientras Xi presentó la reunión como un diálogo entre grandes potencias que deben coexistir, Trump la trató principalmente como una negociación comercial ampliada.
En términos concretos, la reunión dejó pocos resultados verificables. No hubo un comunicado conjunto relevante ni anuncios de gran alcance. Trump habló de avances importantes y de acuerdos “fantásticos”, pero hasta ahora no se conocen mecanismos específicos ni compromisos detallados más allá de referencias generales a compras de aviones y renovaciones comerciales puntuales.
Durante la reunión también se discutieron temas de seguridad internacional, entre ellos Irán. Trump aseguró que tanto Washington como Beijing coinciden en que Teherán no debería desarrollar armas nucleares, aunque China ha mantenido históricamente una posición más favorable al derecho iraní de sostener un programa nuclear con fines civiles. Más allá de las diferencias, la conversación mostró que ambas potencias siguen buscando evitar una escalada regional que afecte el comercio y los mercados energéticos globales.
Beijing, por su parte, volvió a presentar la cuestión de Taiwán como uno de los puntos más sensibles en la relación con Washington y advirtió sobre los riesgos de una escalada si el tema es manejado de forma imprudente.
La lectura de fondo: ¿quién necesita a quién?
El viaje de Trump también debe leerse en clave doméstica. El presidente estadounidense llega a Beijing presionado por el aumento de los precios de la gasolina tras la escalada en el estrecho de Ormuz y por los efectos de una política arancelaria que ha generado tensiones sobre las cadenas de suministro globales. La presencia de altos ejecutivos de empresas tecnológicas y financieras estadounidenses reflejó además otro elemento importante: buena parte del sector empresarial sigue viendo el mercado chino como un espacio difícil de reemplazar y presiona para evitar un deterioro mayor de la relación bilateral.
La reunión reabrió una vieja discusión sobre el llamado G2: la idea de una coordinación más estrecha entre Washington y Beijing para gestionar algunos de los principales asuntos internacionales. El concepto fue planteado por el economista C. Fred Bergsten y luego impulsado públicamente por Z. Brzezinski durante la administración Obama. Aunque nunca llegó a convertirse en una política formal, la idea reaparece cada vez que las potencias intentan estabilizar su relación en medio de crisis globales. En esta ocasión, el mensaje de Beijing pareció apuntar menos a la confrontación abierta y más a una coexistencia competitiva con Washington.
El discurso de Xi tiene implicaciones para América Latina. Mientras Estados Unidos mantiene su atención sobre Venezuela, Cuba y el Caribe, China continúa ampliando su presencia regional mediante inversión, infraestructura y comercio vinculados a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). En ese contexto, la relación entre Estados Unidos y China deja de ser un asunto exclusivamente bilateral y empieza a tener efectos directos sobre las decisiones económicas y diplomáticas de países como Colombia.
Colombia en el vértice: entre Washington y Beijing
El contexto colombiano vuelve especialmente relevante esta discusión. Hace exactamente un año, el presidente Petro viajó a Beijing para participar en el IV Foro Ministerial China-CELAC, en el cual firmó el plan de cooperación para la adhesión de Colombia a la BRI. En ese momento la decisión ya generaba debate. Hoy, después de la cumbre Trump-Xi, adquiere un peso geopolítico mayor.
La relación económica entre Colombia y China ha crecido de manera acelerada durante los últimos años, aunque de forma marcadamente asimétrica. En 2024, Colombia exportó a China US $3.080 millones, mientras que las importaciones desde el mercado chino alcanzaron los US $15.145 millones. Para 2025, las exportaciones colombianas cayeron a US $2.162 millones, mientras que las importaciones aumentaron hasta US $18.549 millones. China se consolidó como el segundo socio comercial del país, pero también como una de las principales fuentes del déficit comercial colombiano.
Colombia importa principalmente maquinaria, tecnología y vehículos, mientras sus exportaciones continúan concentradas en materias primas como petróleo, carbón, café y carne bovina.
La adhesión a la BRI no implica un tratado de libre comercio ni compromisos automáticos de inversión. Se trata más bien de un memorando de cooperación que establece un marco general para futuros proyectos, cuyo alcance dependerá de la capacidad de negociación del gobierno colombiano. Algunos gremios empresariales, entre ellos la ANDI y Amcham, han expresado preocupación por el impacto que este acercamiento pueda tener sobre la relación con Washington, especialmente porque Estados Unidos sigue siendo el principal destino de buena parte de las exportaciones industriales y manufactureras del país.
China entra en la campaña presidencial
Este escenario coincide además con la campaña presidencial en Colombia, cuya primera vuelta se celebrará el 31 de mayo. La decisión del gobierno Petro de formalizar el acercamiento con China mediante la adhesión a la BRI, en mayo del año pasado, sigue teniendo implicaciones políticas y económicas que probablemente deberán ser gestionadas por la próxima administración.
Hasta ahora, varios candidatos han mencionado la relación con China desde una lógica electoral, sin detallar una estrategia concreta sobre cómo manejar el vínculo con Beijing en los próximos años. Sectores de centro y derecha, representados por figuras como Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, han insistido en mantener y reforzar sus relaciones con aliados históricos como Estados Unidos e Israel. Desde el oficialismo, Iván Cepeda ha defendido la continuidad del acercamiento impulsado por Petro, aunque todavía sin una agenda detallada sobre proyectos o sectores prioritarios.
El próximo gobierno heredará no solo el memorando firmado con China, sino también la necesidad de manejar el equilibrio entre Beijing y Washington. Estados Unidos sigue siendo el principal socio de Colombia, por lo que cualquier cambio en la relación con ambas potencias tendrá efectos económicos importantes.
En perspectiva
La cumbre Trump-Xi no produjo acuerdos de gran alcance, pero sí dejó una señal importante: ninguna de las dos potencias parece interesada, por ahora, en una ruptura abierta de la relación bilateral. Para América Latina, esto configura un escenario más complejo, pero con mayores espacios de maniobra. Mientras Washington busca mantener su influencia regional, China continúa ampliando su presencia económica y comercial en distintos países de la región.
Colombia llega a este escenario en medio de una campaña presidencial, mientras mantiene vínculos estratégicos tanto con Estados Unidos como con China. La manera en que el próximo gobierno tendrá que administrar ese equilibrio en un contexto internacional cada vez más complejo.