Con el cambio de gobierno en agosto de 2026 se espera una revitalización de la inversión extranjera en Colombia. La llegada de un gobierno de derecha suele ser leída por algunos sectores como una señal de mayor confianza para los inversionistas, algo que también se ha asociado con la caída del precio del dólar durante las últimas dos semanas. Las inversiones chinas, por su parte, quizás no parecen hacer mucho ruido en el corto plazo, pero definitivamente harán parte de los próximos diez años en Colombia.
En mayo de 2025, Colombia firmó con China un plan de cooperación para incorporarse a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, uno de los proyectos comerciales y de infraestructura más importantes del mundo. Esta iniciativa conecta a más de 150 países y moviliza inversiones en infraestructura vial, portuaria, energética, tecnológica y marítima. Más de un año después de esa firma, sin embargo, los avances concretos para consolidar una nueva ruta comercial entre Colombia y China todavía parecen limitados.
El rostro más visible de China en Colombia es el bloque de infraestructura férrea. La Primera Línea del Metro de Bogotá está en manos de China Harbour Engineering Company (CHEC) y Xi’an Rail Transportation Group, con participaciones de 85% y 15%, respectivamente. Otros constructores, como China Civil Engineering Construction Corporation (CCECC), tienen a su cargo la construcción del RegioTram de Occidente entre Facatativá y Fontibón.
El segundo frente fuerte de inversión es el minero. Zijin Mining adquirió Continental Gold, empresa que controla la mina de Buriticá, en Antioquia, una de las operaciones auríferas más importantes del país. El tercer bloque es el de movilidad eléctrica y tecnología: BYD, por ejemplo, ganó pedidos para 1.002 buses eléctricos en Bogotá, el mayor pedido de buses eléctricos fuera de China para la empresa en ese momento.
El mapa de inversiones chinas en Colombia sigue siendo pequeño si se compara con otros países de América Latina. China no invierte de la misma manera en todos los países. En Brasil, por ejemplo, la relación tiene una escala industrial. En 2025, Brasil recibió 6.100 millones de dólares en inversión china y se convirtió en el principal destino global de capital chino. En comparación, en Colombia las inversiones chinas fueron de 266,4 millones de dólares en 2022. En América Latina, las inversiones chinas se concentran fuertemente en infraestructura y energía, especialmente en electricidad y trenes.
La diferencia no es menor. Brasil negocia con China desde la escala de una potencia regional, con mercado interno, industria, minerales y capacidad diplomática. Perú y Chile lo hacen desde su centralidad minera y portuaria. Colombia, en cambio, llega tarde y con una pregunta pendiente: ¿cómo nos beneficia en el mediano plazo una relación bilateral con China cuando las inversiones se concentran en el suministro de maquinaria, la infraestructura y la explotación de industrias extractivas? Existe tecnología e infraestructura que queda en Colombia como consecuencia de esas inversiones, de eso no hay duda. Pero la forma en que esa transferencia de tecnología puede generar crecimiento sostenido dentro del país es una discusión pendiente, no solo frente a China, sino frente a la inversión extranjera en general.
Hay mercados en Colombia donde existen oportunidades futuras que todavía no han sido exploradas. Por ejemplo, el mercado de vivienda en Australia, Indonesia y Tailandia ha tenido una fuerte influencia de inversiones chinas, con constructoras propias e inversiones de capital significativas. En Colombia, en cambio, las inversiones chinas en construcción de vivienda son casi inexistentes, principalmente por la inseguridad que produce la burocracia asociada a permisos, licencias y demás trámites necesarios para desarrollar proyectos de vivienda. Para ese sector en particular, las constructoras suelen ser locales porque conocen mucho mejor los procedimientos, los tiempos y las rutas institucionales necesarias para ejecutar un proyecto.
Incluso dentro del sector minero hay oportunidades no exploradas en Colombia, en especial en tierras raras y otros minerales estratégicos. El centro de las explotaciones mineras en Colombia se concentra en oro y carbón, mientras que las inversiones en otros minerales siguen siendo escasas. Además, los permisos mineros son cada vez más difíciles de lograr cuando no existe una relación transparente y sólida con las comunidades. En todo caso, el potencial está ahí. Brasil y Chile tienen una posición mucho más fuerte en ciertos minerales estratégicos, pero Colombia también tiene posibilidades reales. Para aprovecharlas, se necesita una relación más clara, abierta y beneficiosa con las comunidades afectadas por estos proyectos. Esa transparencia, por ahora, no ha sido suficiente: en distintas regiones del país, las comunidades son cada vez más reticentes a aceptar proyectos mineros, sin importar su escala o su forma.
Con el nuevo cambio de gobierno será clara una tendencia a preferir las inversiones estadounidenses. Sin embargo, no aprovechar la relación comercial con China significaría desperdiciar enormes posibilidades de prosperidad. Una política madura frente a China no consiste en rechazar sus inversiones por reflejo geopolítico ni en aceptarlas como si fueran una solución automática. Consiste en negociar mejor. Colombia necesita infraestructura, trenes, energía limpia, tecnología y capital. Pero también necesita que las comunidades se beneficien directamente de esas inversiones: licitaciones transparentes, estándares laborales, control ambiental, participación de proveedores nacionales y obligaciones verificables de transferencia de conocimiento.
China puede ser una oportunidad para Colombia si el país sabe qué quiere. Puede ayudar a cerrar brechas de infraestructura, acelerar la movilidad eléctrica y abrir nuevas fuentes de financiación. Pero también puede profundizar una relación desigual si Colombia actúa solo como comprador, importador y receptor pasivo de megaproyectos.