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¿Rappitenderos con iPhone?

Mateo Arias
Economista y analista de datos de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor de Globalización e Integración en Asia-Pacífico. Coordinador de Investigaciones del Observatorio Colombia China.

Como algunos de nuestros lectores saben, desde hace unos meses estoy viviendo en Beijing estudiando en la Peking University, una de las mejores del mundo y, según a quién se le pregunte, la mejor de China. El cambio de ambiente me ha hecho notar profundas similitudes entre los chinos y los colombianos, como la calidez y lo mamagallistas; pero también insondables diferencias, como encontrar repartidores de domicilios de la plataforma Meituan con el último iPhone o un celular de alta gama de Huawei o Xiaomi. Entretanto, parte de los medios occidentales parece anunciar un colapso chino por subconsumo o sobreproducción mientras conserva una imagen del país de hace cuarenta años. Cuesta reconciliar ese retrato con uno de los grandes protagonistas del consumo mundial de lujo. ¿Cómo se explica esta brecha? Yu Yongding ofrece una explicación técnica; intentaré traducirla a un lenguaje más amigable.

Empecemos por el teléfono. Lo que he visto dista de ser una encuesta sobre los ingresos de los domiciliarios chinos, pues claramente un celular puede comprarse a crédito y servir como herramienta de trabajo, así mismo, tampoco revela cuánto paga su dueño de arriendo ni cuántas horas tuvo que trabajar para adquirirlo. Pero lo curioso de ver repartidores con teléfonos de alta gama también dice algo sobre nuestras oportunidades en Colombia, donde pareciera que ciertos trabajadores debieran pedir permiso para tener cosas buenas.

Las cifras ayudan a entender la diferencia, aunque requieren algunos cuidados. Según el informe de responsabilidad corporativa de Meituan, los repartidores ordinarios de alta frecuencia en ciudades como Beijing recibían un promedio mensual de RMB ¥7.629 en el tercer trimestre de 2024; para los experimentados de la modalidad Lepao, la empresa divulgó ingresos que podían alcanzar RMB ¥12.826 durante el primer semestre de 2025. Del lado colombiano, los COP $11.000 por hora declarados por Rappi en 2024, según Bloomberg y El Espectador, equivaldrían a unos COP $2,3 millones mensuales trabajando 48 horas semanales.

Con esas referencias, un iPhone 18 Pro de 256 GB, cuyo precio consultado es de COP $5.699.000 en Colombia y RMB ¥9.999 en China, representa alrededor de dos meses y medio del ingreso estimado de un rappitendero, frente a entre 0,8 y 1,3 meses de un trabajador de Meituan. Eso suponiendo que todos destinaran la totalidad de sus ingresos al aparato y suspendieran, mientras tanto, las extravagantes costumbres de comer y pagar arriendo. El teléfono sigue siendo una compra importante en ambos casos, pero exige un esfuerzo económico considerablemente distinto. Antes de preguntarnos por qué un repartidor chino tiene un iPhone, quizá convendría preguntarnos por qué al colombiano le cuesta tanto más conseguirlo.

En China, el consumo de lujo exige otra precisión, pues al hablar de compradores chinos y de ventas realizadas dentro de China supone universos diferentes. Un informe de Boston Consulting Group y Tencent situaba la participación china en alrededor de una quinta a una cuarta parte del mercado mundial durante cinco años. Por supuesto, esto no significa que cada repartidor entregue sus pedidos en un bolso Birkin de Hermès. Una población numerosa puede sostener un mercado gigantesco y conservar profundas desigualdades. Ambas cosas caben en el mismo país.

Sobre este mismo tema, el balance de Bain sobre 2025 estima que el mercado de bienes personales de lujo de China continental se contrajo entre el 3% y el 5, esto muestra que una economía puede consumir muchísimo y, al mismo tiempo, consumir menos de lo que necesita para aprovechar plenamente su capacidad de compra El problema aparece cuando una desaceleración se convierte, por arte de titular, en un certificado de defunción por parte de los medios amarillistas.

En un blog, uno de los economistas más respetados de China, Yu Yongding, nos presenta su argumento en el que distingue el impulso inmediato de la demanda y las fuentes del crecimiento sostenido. Si existen fábricas con capacidad ociosa, aumentar las compras puede elevar la producción. Para ampliar lo que una economía puede producir durante años hacen falta inversión, trabajo y tecnología. Además, Yu advierte que el peso del consumo en el PIB depende también de los precios: pagar servicios más caros puede elevar ese porcentaje sin representar proporcionalmente más bienestar. Confundir gasto con satisfacción material conduce a comparaciones engañosas.

Pongámoslo en términos domésticos. Si mi almuerzo cuesta menos, no necesariamente estoy comiendo menos. Si un desplazamiento resulta accesible, puedo llegar al trabajo sin dedicarle una porción desmesurada del ingreso. El bienestar depende de lo que obtengo con mi dinero. Una ciudad donde todo cuesta una fortuna puede exhibir una actividad comercial muy vistosa y ofrecer una vida bastante estrecha. Siempre habrá alguien dispuesto a llamar sofisticación a esa experiencia. Quien paga las cuentas suele emplear palabras menos aptas para una presentación empresarial.

La capacidad productiva importa porque hace posible abastecer, competir y reducir costos. Detrás de un bien accesible puede haber equipos eficientes, proveedores, trabajadores capacitados y transporte que funciona. Beijing participa de esas cadenas nacionales, aunque su propia economía esté dominada por los servicios. La abundancia requiere organización material y ningún discurso sobre emprendimiento reemplaza una entrega que llega a tiempo, ninguna aplicación consigue que desaparezcan, por entusiasmo, los costos de producir lo que vende. La tecnología ayuda, pero muchos de sus discursos motivacionales vienen sin una garantía de realismo.

El empleo completa esa relación desde el bolsillo. Según las estadísticas municipales de Beijing para 2025, el desempleo urbano promedió el 4,1%. El ingreso disponible por habitante creció un 4,4% real, mientras el índice de precios al consumidor cayó un 0,1%, lo que indica que incluso siendo una de las ciudades más caras de China, sigue siendo relativamente asequible. Conviene entender este mecanismo, pues tener más personas empleadas aumenta la capacidad de gastar, pero no reduce automáticamente los precios, ya que la oferta debe poder responder. Producir con eficiencia y sostener ingresos suficientes permite acercar ambas partes. Si solo se amplía la oferta y faltan compradores, quiebran las empresas, si únicamente crece la demanda y escasean los bienes, pueden subir los precios.

El transporte ofrece un ejemplo concreto de asequibilidad. En el metro de Beijing, un recorrido ordinario de hasta seis kilómetros cuesta RMB ¥3 o COP $1.450; entre doce y veintidós kilómetros cuesta RMB ¥5 o COP $2.400. Detrás existen inversión acumulada, operación y decisiones públicas de financiación con miras al beneficio público por sobre todas las cosas. Ese acceso tiene consecuencias sobre la vida cotidiana, por ejemplo facilita alcanzar trabajos, universidades y servicios. Una infraestructura útil puede hacer rendir el ingreso sin aparecer como dinero adicional en la cuenta. También es prosperidad poder desplazarse sin sentir que cada trayecto constituye una pequeña sanción económica que se paga con tres horas encerrados en un bus de mala calidad. Vale la pena recordar que el metro de Beijing cuenta con 30 líneas y más de 520 estaciones, en su inmensa mayoría construidas en los últimos 20 años.

Con eso en mente, volvamos a Bogotá. La pregunta sobre un rappitendero colombiano con un teléfono costoso sería cuánto ingreso conserva después de trabajar y cubrir sus necesidades. Podría tener un buen celular y seguir atrapado entre el arriendo, la alimentación y los gastos de su actividad. En Bogotá, la tarifa del SITP y el Transmilenio de 2026 es COP $3.550. Dos viajes pagados durante 22 días suman COP $156.200 por persona. Existen subsidios, pasajes gratuitos y abonos que reducen ligeramente esa cuenta para una minoría de usuarios. Aun así, el cálculo ilustra una obligación elemental, antes de recibir ingresos hay que financiar el acceso al trabajo. Si además la vivienda asequible queda lejos, el presupuesto cobra en dinero y en tiempo. Después nos preguntamos, con admirable desconcierto, por qué cuesta tanto descansar.

La vivienda hace todavía más estrecho ese margen. Los resultados divulgados de la Encuesta Multipropósito 2025 muestran una mayoría de hogares bogotanos viviendo en arriendo. Arrendar no demuestra pobreza, pero obliga a evaluar cuánto ingreso queda después de asegurar el techo. De ahí la sensación de una ciudad impagable, donde trabajar permite permanecer, aunque no necesariamente prosperar. Para las mayorías, una discusión seria sobre la prosperidad debería empezar por la posibilidad de masificar la tranquilidad de vivir con un mínimo de comodidades. Tener una oferta gastronómica internacional aporta más bien poco cuando el presupuesto del bogotano promedio le exige practicar el ayuno intermitente o quedarse sin donde dormir.

Hay avances que conviene reconocer. El DANE registró una pobreza monetaria del 17,8% en Bogotá durante 2025, inferior al 19,6% de 2024. Mejorar ese indicador importa, sin embargo, superar un umbral estadístico deja pendientes el ahorro, el cuidado, la vivienda, la capacidad de afrontar una emergencia y en general el uso del tiempo. La ciudad debe aspirar a algo más que lograr que sus habitantes sobrevivan con una clasificación ligeramente más favorable.

Para Bogotá, esa conversación debería traducirse en conectar vialmente la vivienda y el empleo, facilitar el abastecimiento y apoyar empresas capaces de elevar su productividad, pagar mejor o contratar más personas. También importa evitar que las mejoras terminen absorbidas por rentas o márgenes protegidos de la competencia. Construir una ciudad asequible requiere discutir quién paga la infraestructura y quién recibe sus beneficios, esto debería ser un principio rector del Metro de Bogotá si queremos realmente cambiar la ciudad para mejor. Podemos seguir celebrando plataformas que entregan cualquier cosa mientras sus trabajadores apenas consiguen sostenerse, pero convendría moderar el entusiasmo. Una aplicación impecable sobre una economía que remunera mal sigue siendo una economía que remunera mal, ahora con notificaciones y seguimiento del pedido en tiempo real.

Qué teléfono tienen los repartidores termina siendo una pregunta sobre nosotros y la sociedad que queremos ser. Nos sorprende que alguien que presta un servicio cotidiano acceda a tecnología costosa porque hemos naturalizado una distancia enorme entre trabajar y disfrutar del fruto del trabajo. Bogotá necesita reducir esa distancia mediante producción, infraestructura y remuneraciones que permitan vivir. Yu ayuda a explicar por qué la capacidad de producir importa, mientras que la realidad de la mayoría nos recuerda para quién debería importar.

Por Mateo Arias