Voces expertas

Los Chinos en Colombia: una reflexión identitaria

Diego Canesto Arenas
Profesional en Relaciones Internacionales y Estudios Políticos, Esp. en Formulación de Proyectos y Mg. en Derechos Humanos. Catedrático Universidad Militar Nueva Granada. Hacedor público.

Hace poco, mientras escrolleaba en TikTok, me apareció un video de comida china que, sin esfuerzo alguno, terminó por causar el antojo. Minutos después, ya estaba almorzando en un restaurante chino en Bogotá, atendido por personas nativas de ese país que, para mi sorpresa, dominaban el castellano de manera notable, aunque entre ellos se comunicaban en su idioma nativo.

Mientras esperaba —y aquí no deja de ser sugestivo que la propia plataforma desde la cual surgió el antojo sea también de origen chino—, sin pretender obtener una respuesta directa de quienes atendían el negocio, comenzaron a instalarse en mi mente algunos interrogantes: ¿por qué se habrán venido de su país?, ¿por qué Colombia como destino?, ¿cuál habría sido su actividad en China?

Pasaron unos minutos. El olor del chop suey, inconfundible en ese establecimiento ubicado en la renovada y gastronómica zona de Ciudad Montes —sobre la octava sur—, me llevó a recordar otros escenarios donde he encontrado migrantes chinos: San Victorino, el Centro Internacional, con sus tiendas de utensilios y objetos propios de ese país, San Andresito, entre otros. Lugares distintos, sí, pero con un rasgo no menor en común: en todos ellos identifiqué a estos migrantes en actividades de carácter comercial.

Pensé entonces, casi de inmediato, en Taylor y su noción de identidad y reconocimiento. Lo que allí se hacía visible —la gastronomía, el comercio, la generación de utilidades— no era únicamente una práctica reiterada, sino la expresión de un horizonte más profundo, de aquello que orienta lo que se considera valioso. No se trata, pues, de una inclinación “innata” en sentido estricto, sino de formas históricamente arraigadas que se proyectan, se sostienen y, sobre todo, se hacen reconocibles.

En efecto, esa identidad —que trasciende lo meramente territorial— se manifiesta incluso fuera de sus fronteras de origen. Los migrantes chinos llegan siendo chinos y, en buena medida, permanecen siéndolo. La cocina, los productos, los circuitos comerciales, todo ello, aunque tenga un evidente componente utilitario, cumple a su vez una función más honda, la de reafirmar una identidad que busca ser reconocida por otros.

Ahora bien, sin haber respondido aún a las preguntas iniciales, una pista apareció. El manejo del idioma sugería que aquellas personas no eran recién llegadas. No sería descabellado pensar que sus trayectorias se remontan a procesos más amplios. Verbigracia, la diáspora china, que se ha extendido por más de un centenar de países y se intensifica en distintos momentos históricos, muestra que estos movimientos no son homogéneos ni lineales. Como advierte la literatura sobre el tema, lejos de una ruptura con su origen, estos migrantes mantienen redes, prácticas y formas de vida que conectan distintos territorios, en una lógica claramente transnacional. Así, el restaurante en el que esperaba no era un hecho aislado, sino una pieza más de una red que, desde los albores de su expansión contemporánea, articula economía, cultura e identidad más allá de las fronteras.

Y entonces surge el parangón inevitable: ¿qué ocurre con nuestra identidad? ¿Por qué, con frecuencia, los colombianos parecemos diluirnos cuando migramos? ¿Por qué, a pesar de contar con una cultura rica y diversa, no actuamos de manera decidida para preservarla o proyectarla en otros contextos?

La identidad del colombiano, a primera vista, parece difusa. Compartimos símbolos, sí, empero las formas de reconocernos varían notablemente: los del sur frente a los del Caribe, los del centro frente a las periferias. Afuera, en cambio, se nos reduce a trazos generales: el acento cantado, el “parce” omnipresente. No deja de ser inquietante que esa simplificación sea, muchas veces, el principal marco de reconocimiento.

Tal vez el problema no radique en la ausencia de identidad, sino en la dificultad para asumirla y proyectarla. Al fin y al cabo, como sugiere Taylor, la identidad no es un dato fijo que se posee, sino una construcción que requiere ser asumida y validada en interacción con otros.

A esto se suma un elemento no menor: las condiciones mismas de nuestra migración. A diferencia de otros procesos, el colombiano, en no pocas ocasiones, migra atravesado por fenómenos como el conflicto, la desigualdad o la búsqueda de mejores oportunidades. Es una migración que no siempre parte de la afirmación, sino también de la necesidad.

Y es allí donde aparece Goffman. El estigma, como él lo plantea, no es una característica negativa en sí misma, sino una relación entre un atributo y un sistema de expectativas sociales. Es decir, lo que desacredita no es el rasgo en sí, sino el modo en que este se opone a lo que se espera de alguien. Bajo ese prisma, ciertos elementos asociados al país —la violencia, el narcotráfico— operan, en determinados contextos, como atributos desacreditadores que condicionan la forma en que el colombiano es percibido.

En ese escenario, la identidad puede terminar reconfigurándose. A veces para resistir, otras para adaptarse, y en no pocas ocasiones para encajar. El resultado puede ser una identidad más funcional, más esperanzadora incluso, pero también, quizá, menos auténtica. Una suerte de acomodo que, sin ser plenamente voluntario, responde a las condiciones del entorno.

Así, mientras otros grupos logran proyectar y sostener prácticas que los hacen reconocibles, en nuestro caso pareciera que buena parte de aquello que nos define —la gastronomía, la historia, la biodiversidad, la riqueza cultural— queda relegada a una dimensión más decorativa que vivida, más evocada que encarnada.

Otrora, la identidad podía estar dada por el lugar de origen; hoy, exige ser construida. Y en ese tránsito, la pregunta no es menor: ¿qué queremos ser cuando salimos?, ¿qué estamos dispuestos a sostener de nosotros mismos?

Tal vez la presencia creciente de comunidades extranjeras en nuestro país —como la china— no solo deba leerse como un fenómeno económico o demográfico, sino como una invitación a mirarnos con mayor rigor. A preguntarnos, con menos retórica y más convicción, qué identidad estamos dispuestos a proyectar, para que, cuando más colombianos crucen fronteras, no sean solo reconocidos por estereotipos, sino por aquello que realmente somos capaces de sostener.

Por Diego Canesto Arenas