Voces expertas

La utilidad de la diferencia: apuntes para pensar la creciente interculturalidad colombo china

Juan Andrés Ferrero Posada
Traductor e intérprete de chino mandarín, guía de turismo, abogado, candidato a magíster en Estudios Culturales Latinoamericanos

Recuerdo cuando era niño, en los años 90, que no se veía casi a extranjeros en Bogotá. En ese entonces el imaginario sobre China era el de lugar sumamente lejano y diferente. Luego, hacia el 2010, con la entrada de cada vez más de productos chinos al mercado nacional y sus brillantes cifras de desarrollo, se comenzó a decir que el mandarín era el idioma del futuro; pero aún era muy poco lo que se sentía su influencia cultural en nuestra cotidianidad. Sin embargo, hoy es el día en el que la cultura china se está empezando notar con mayor fuerza. Somos ya decenas de miles de colombianos los que trabajamos en empresas chinas o colombo chinas. Cada vez son más los estudiantes de colegio y universidad que están aprendiendo el mandarín, así como los videos que circulan en redes sociales mostrando la belleza y modernidad de China. A través de todas las industrias existen relaciones entre fabricantes chinos y compradores colombianos que con el pasar del tiempo derivan en vínculos más profundos.

En medio de este creciente relacionamiento existen casos de éxito como por ejemplo la otra tarde que llegué a una empresa de impresión gráfica local y me sorprendí al ver que en la entrada de las oficinas tienen un guerrero de terracota de tamaño original frente a un estanque de pescados, al cual le atribuyen la tarea de proteger el negocio; regalo de uno de sus proveedores chinos a quien estiman entrañablemente. Pero también existen casos problemáticos como recuentos de choques entre trabajadores chinos y colombianos por amplias diferencias en la manera de aproximarse al trabajo y a la vida. Quiero entonces proporcionar algunas herramientas conceptuales para pensar esta condición de interculturalidad que se hace cada vez más notoria a nuestro alrededor.

El antropólogo social Lie Rico propone el concepto de “espacios de comunicación intercultural” para designar aquellos espacios tanto físicos (empresas, institutos de idioma, etc.) como no geográficos (cuerpos de pensamiento, ideologías, etc.), e incluso también relaciones interpersonales, en donde las dos culturas se encuentran. En estos espacios, explica, puede darse uno de los siguientes tres estados que van de menor a mayor integración: coexistencia cultural, negociación intercultural y transculturación hibridizada. En el primer caso, los grupos sociales no se comunican, simplemente se soportan. Este podría ser el caso de un restaurante chino y sus vecinos en el barrio, se sabe que ahí venden comida china y no hay mucho más que ver. En el segundo caso, comienza a darse una comunicación entre elementos culturales, generando relaciones dinámicas y participativas. Este tipo de situación podría darse al interior del mismo restaurante, en donde un mesero colombiano debe comenzar a negociar las condiciones laborales con su jefe chino, cada uno tratando de hacer las cosas tan a su manera como sea posible, pero siendo conscientes de que hay que tranzar para poderse relacionar. Finalmente, la tercera dinámica ya hace referencia a una confluencia o mezcla de elementos culturales. Un ejemplo sería la manera como, con el pasar del tiempo, el dueño del restaurante modifica sus recetas tradicionales para satisfacer los gustos de los comensales locales, llevando así a la creación de ese nuevo y particular plato que tan corrientemente llamamos “arroz chino”.  

La pregunta que considero debe hacerse a continuación es, ¿qué determina que un espacio de comunicación intercultural tienda hacia uno u otro lado del espectro? Es decir, ¿por qué en unos casos nos tendemos a mezclar más y en otros menos?  Dentro de una amplia gama de posibles respuestas quiero enfocarme en una: la utilidad que reporta el encuentro con la diferencia. Para desarrollar esta idea voy a aproximarme al fenómeno de la interculturalidad desde la teoría evolutiva de la cultura.

En términos generales, la teoría evolutiva plantea que el desarrollo de una especie se da en tres etapas: variación, selección y retención. Los seres vivos generan variaciones genéticas las cuales se enfrentan con el entorno y solo las que resultan adaptativas sobreviven, constituyendo así un nuevo acervo genético. En términos culturales sucede algo muy similar, los individuos imitan las prácticas del otro y según demuestren ser útiles en el contexto donde se desarrollan serán seleccionadas y almacenadas. El encuentro con la diferencia del otro representa entonces la posibilidad de ampliar el propio repertorio de variaciones culturales. Cada práctica observada constituye una nueva posibilidad de acción que puede ser evaluada, adaptada o descartada según su utilidad. Desde esta perspectiva, la diversidad cultural no es solo un hecho social que requiere tolerancia, sino también una fuente permanente de innovación.

Curiosamente, la frontera que trazamos con respecto al otro tiene siempre un doble sentido, es tanto el límite que nos divide, como la articulación que nos une. Mi invitación es entonces a ver la diferencia con ojos de optimismo, a que tratemos los contextos interculturales en los que participamos con renovada curiosidad para así obtener el máximo provecho de ellos preguntándonos, ¿qué prácticas del otro podrían enriquecer mi propia manera de resolver los problemas que enfrento?

Nota:
Para un desarrollo más amplio de la teoría evolutiva aplicada a contextos de interculturalidad, ver:
Gonzalez, M. (2012). Propuesta para gestionar los problemas interculturales en los proyectos conjuntos entre Colombia y China, a partir de una aproximación evolutiva al concepto de cultura. [Tesis de maestría, Universidad de los Andes]. Repositorio institucional Séneca. https://hdl.handle.net/1992/11612

Por Juan Andrés Ferrero Posada