Voces expertas

La solidaridad que llega en forma de agua, refugio y energía

Mateo Arias
Economista y analista de datos de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor de Globalización e Integración en Asia-Pacífico. Coordinador de Investigaciones del Observatorio Colombia China.

Una carpa no reconstruye una vivienda, pero sí puede evitar que una familia pase la noche a la intemperie. Una planta potabilizadora tampoco resuelve los daños de una ciudad, aunque puede reducir el riesgo sanitario que aparece cuando falta agua segura. Lo mismo ocurre con los generadores eléctricos, que permiten mantener en funcionamiento servicios esenciales mientras se recupera la infraestructura afectada. En una emergencia, estos apoyos tienen valor precisamente porque responden a necesidades inmediatas.

Las 77,6 toneladas de asistencia humanitaria entregadas por China a Colombia incluyen 1.900 tiendas de campaña, 7.000 mantas, 15 plantas móviles para potabilizar agua, 200 lámparas solares, 20 generadores diésel y 200 fumigadoras motorizadas, entre otros elementos. El cargamento llegó a Bogotá el 18 de agosto y la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres coordina su traslado y distribución entre las comunidades afectadas por el terremoto del 10 de agosto..

Los equipos enviados están dirigidos a necesidades concretas de la emergencia: alojamiento temporal, agua segura, energía y saneamiento. En las zonas afectadas, estos recursos pueden servir para atender a las familias desplazadas, mantener servicios médicos, iluminar albergues y prevenir enfermedades mientras avanzan la evaluación de daños y las primeras labores de reconstrucción.

El aporte material se suma a un millón de dólares en asistencia financiera y a suministros valorados en 15 millones de yuanes, según informó la Embajada de China en Colombia. Además del monto, resulta relevante el tiempo de respuesta y la capacidad de movilizar recursos desde más de 17.000 kilómetros de distancia para atender necesidades identificadas en el terreno. 

La ayuda internacional, por supuesto, no sustituye la responsabilidad de las instituciones colombianas ni puede resolver por sí sola una emergencia de esta magnitud. Su función es complementar las capacidades disponibles. En este caso, la respuesta depende de que los recursos recibidos sean trasladados y utilizados de manera coordinada por las autoridades nacionales y territoriales.

Hay antecedentes que muestran que la cooperación china frente a desastres puede continuar después de la primera entrega de suministros. Ecuador ofrece uno de los casos más cercanos. Después del terremoto de magnitud 7,8 que afectó a Manabí y Esmeraldas en abril de 2016, China aportó dos millones de dólares en efectivo y materiales humanitarios valorados en aproximadamente 9,2 millones de dólares. La colaboración continuó durante la reconstrucción, con el compromiso de financiar los hospitales Napoleón Dávila, en Chone, y Miguel Hilario Alcívar, en Bahía de Caráquez, además de proyectos de recuperación de viviendas en Pedernales, Canoa y Muisne. La Presidencia de Ecuador presentó estas intervenciones como parte importante de la recuperación de las zonas afectadas.

El caso ecuatoriano plantea una cuestión que también será relevante para Colombia: qué ocurre después de la emergencia inicial. Los suministros permiten atender las necesidades más urgentes, pero la recuperación exige tiempo, infraestructura y recursos para que las comunidades puedan volver a sus actividades habituales.

Nepal ofrece un ejemplo de una cooperación de mayor alcance. Tras el terremoto de 2015, China estuvo entre los primeros países en responder. Envió equipos de búsqueda y rescate, personal médico y suministros de emergencia por 140 millones de yuanes, equivalentes entonces a unos 22,6 millones de dólares, de acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Posteriormente, la cooperación se extendió a infraestructura, servicios de salud, escuelas, medios de vida y capacidades para la prevención de desastres.

Según la Embajada de Nepal en Beijing, China destinó 3.000 millones de yuanes a 25 proyectos de reconstrucción entre 2016 y 2018. Entre ellos hubo hospitales, instituciones educativas, infraestructura fronteriza y proyectos para recuperar los medios de vida de las comunidades. La información oficial de Nepal señala que el respaldo chino fue importante tanto en las labores iniciales de rescate como en la recuperación posterior. Parte de esa cooperación también permitió mejorar instalaciones y fortalecer la preparación frente a futuras emergencias.

Las inundaciones de Pakistán de 2022 muestran otra posibilidad: pasar de la atención inmediata a la recuperación de los medios de vida. Allí, la cooperación entre China, el PNUD y las autoridades locales incluyó un proyecto financiado mediante el Fondo para el Desarrollo Global y la Cooperación Sur-Sur que ayudó a cerca de 137.500 personas en Baluchistán. Se entregaron semillas, fertilizantes, herramientas agrícolas y equipos para pequeños emprendimientos. Además, más de 3.000 personas recibieron formación empresarial, agrícola y en preparación ante desastres. Casi la mitad de las personas beneficiarias fueron mujeres, según el balance final del PNUD.

Los casos de Ecuador, Nepal y Pakistán muestran que la respuesta puede extenderse más allá de la emergencia inicial. Dependiendo del contexto, la cooperación ha incluido hospitales, escuelas, viviendas, infraestructura pública, recuperación productiva y capacitación. Para Colombia, la experiencia resulta útil sobre todo para pensar cómo conectar la asistencia que acaba de llegar con las necesidades de reconstrucción que aparecerán en los próximos meses.

Colombia debería aprovechar el apoyo recibido y, al mismo tiempo, mantener un seguimiento claro sobre su distribución. Esto implica contar con inventarios públicos, criterios transparentes de asignación y seguimiento territorial. Será importante saber qué llegó, dónde fue entregado, cuántas personas lo utilizaron y qué necesidades siguen pendientes. La transparencia permite, además, medir el impacto de la cooperación y facilitar la rendición de cuentas.

A partir de esta respuesta también existe una oportunidad para fortalecer la cooperación bilateral en gestión del riesgo. Colombia y China podrían trabajar en sistemas de alerta temprana, monitoreo sísmico, reconstrucción resistente, plantas móviles de tratamiento de agua, energía autónoma para hospitales y albergues, comunicaciones de emergencia y formación de equipos especializados. La asistencia actual podría servir como base para desarrollar algunas de estas capacidades de manera permanente.

Es razonable considerar los intereses políticos que pueden acompañar cualquier forma de cooperación internacional. Pero evaluar la asistencia humanitaria únicamente desde esa perspectiva dejaría por fuera su efecto inmediato sobre las personas afectadas. En este caso, el apoyo chino ha sido oportuno y responde a necesidades concretas. El siguiente paso es asegurar que los recursos lleguen a quienes los necesitan y que su distribución pueda ser verificada.

Un vuelo de 21 horas separa a Beijing de Bogotá, pero la utilidad de esta cooperación se medirá en Colombia. Se verá en los albergues que puedan contar con iluminación, en las comunidades que tengan acceso a agua segura y en los servicios que logren mantenerse operativos mientras avanza la reconstrucción. La entrega es apenas el comienzo. Su resultado dependerá de cómo se distribuyan estos recursos y de si, a partir de ellos, Colombia y China logran fortalecer la capacidad de respuesta ante futuras emergencias.

Por Mateo Arias