Voces expertas

La Iniciativa de la Franja y la Ruta: Instrumento de ganancias mutuas

Gloria Milena Torres Rojas
Investigadora Posdoctoral U. Bosque , PhD Derecho Internacional 厦大 Xiamen University, Mg Análisis de Problemas Políticos y Económicos U. Externado en convenio Universidad París Francia. Mg Relaciones Internacionales China Foreign Affairs University, Mg(c Educación, Docente Universitaria y Abogada

En el contexto internacional actual, marcado por la globalización, la interdependencia económica, Colombia no puede soslayar la importancia estratégica de su relación con China, hoy consolidada como la segunda economía del mundo. La creciente relevancia del país asiático en los ámbitos financieros, tecnológicos, comerciales y geopolíticos obliga a repensar la política exterior colombiana desde una perspectiva más diversificada y pragmática.

En este escenario, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, constituye el principal instrumento de proyección internacional de China. La tesis que se sostiene en esta columna es que la adhesión de Colombia a esta plataforma puede resultar beneficiosa, siempre que el país adopte una estrategia clara, transparente y orientada a maximizar ventajas, mitigar riesgos y diversificar su inserción internacional.

No obstante, sectores conservadores y escépticos han manifestado preocupaciones frente a la firma del memorando de entendimiento con la República Popular de China. Según esta visión, la participación en la BRI podría comprometer la soberanía nacional o generar una relación asimétrica sin garantías de reciprocidad. Asimismo, se advierte que el elevado déficit comercial que Colombia mantiene con Beijing podría profundizarse y afectar el mercado interno. A ello se suma el temor de que esta aproximación afecte la relación histórica con Estados Unidos, tradicional aliado estratégico del país.

Sin embargo, muchos de estos temores carecen de fundamento sólido. Desde la perspectiva del derecho internacional, la suscripción de acuerdos de cooperación se enmarca en el principio de autodeterminación de los Estados. La soberanía no se pierde por firmar memorandos o tratados; depende de los términos negociados, de la transparencia institucional y del grado de participación de los distintos sectores nacionales. En el caso colombiano, aunque el proceso fue liderado por el gobierno de turno, existieron espacios de deliberación con actores empresariales y sectores críticos.

Lejos de menoscabar la soberanía, la adhesión a la Franja y la Ruta abre oportunidades en infraestructura, transporte, energía, tecnología y financiamiento. Desde 2021, Colombia ha recibido una inversión acumulada superior a 800 millones de dólares por parte de China. Entre enero y octubre de 2024, el financiamiento e inversión en infraestructura superaron los 94 millones de dólares estadounidenses, según declaraciones del embajador chino en Colombia Zhu Jingyang. Estos recursos se han materializado en proyectos como el Metro de Bogotá, el corredor Mar 2 y el RegioTram, además de inversiones tecnológicas a través de empresas como Honor y Xiaomi.

Estos ejemplos muestran que no se trata de una relación de “suma cero”, donde China gana y Colombia pierde, sino de un vínculo con beneficios potencialmente mutuos. Ello no significa desconocer los desafíos. El déficit comercial bilateral, cercano a los 16.500 millones de dólares FOB, constituye un problema estructural que debe abordarse con políticas estratégicas.

No obstante, el déficit no es un fenómeno irreversible. Ambas economías presentan rasgos de complementariedad. Para reducir el desbalance, Colombia debe diversificar su oferta exportadora hacia China y superar su tradicional inserción como proveedor de materias primas, especialmente minero-energéticas. La excesiva dependencia de estos sectores puede generar el fenómeno conocido como “Enfermedad Holandesa”, en el cual la apreciación de la moneda, impulsada por la entrada de divisas derivada del auge de un recurso, reduce la competitividad de otros sectores productivos al abaratar las importaciones y encarecer las importaciones mientras que se sobreespecializa en un solo sector.

Superar esta dependencia implica apostar por una transformación productiva basada en innovación y valor agregado. En términos schumpeterianos, y en recomendaciones de la CEPAL, Colombia necesita desarrollar “eficiencia innovadora”, es decir, capacidad para generar bienes y servicios intensivos en conocimiento. Esto podría incluir exportaciones como software de gestión agrícola, biotecnología, cosméticos especializados, conectores de fibra óptica o transformadores eléctricos, sectores donde el país posee capacidades emergentes.

Asimismo, Colombia puede negociar cláusulas de transferencia tecnológica en proyectos de infraestructura ejecutados por empresas chinas. La incorporación de estándares de due diligence y gobernanza transparente fortalecería la confianza y reduciría riesgos asociados a endeudamiento o dependencia tecnológica. En este punto, la responsabilidad no recae únicamente en el país inversionista, sino también en el Estado receptor, que debe definir marcos regulatorios sólidos y consensos sociales amplios.

Otra propuesta estratégica es la posibilidad de impulsar un tren interoceánico que reduzca costos logísticos y mejore la competitividad del comercio exterior colombiano, particularmente frente a la distancia geográfica con Asia. De materializarse, este tipo de infraestructura permitiría integrar al país en cadenas globales de valor y aprovechar mejor las dinámicas del comercio transpacífico.

Desde una perspectiva geopolítica, la diversificación hacia China no implica romper con Estados Unidos. La política exterior contemporánea exige equilibrio y pragmatismo. La tradicional doctrina del réspice polum —mirar exclusivamente hacia el norte o a la Estrella Polar — resulta insuficiente en un mundo multipolar. Colombia puede y debe mantener relaciones constructivas con Washington mientras amplía sus alianzas estratégicas.

China, por su parte, ofrece oportunidades en transición energética, energías renovables, industrialización, cooperación en salud, educación y ciencia. Según datos oficiales del Ministerio de Minas, se han otorgado líneas de crédito preferenciales para transición energética por más de 5.200 millones de dólares (Infobae, 2026), así como donaciones de material sanitario y programas de becas para estudiantes colombianos a través de instituciones como el Icetex y el Instituto Confucio.

En consecuencia, los temores frente a la diversificación de la política exterior deben analizarse con mesura. Colombia no pierde soberanía por ampliar su margen de maniobra internacional; por el contrario, fortalece su autonomía al no depender exclusivamente de un solo socio. En un entorno global caracterizado por la competencia entre grandes potencias, la capacidad de diversificar alianzas constituye una ventaja.

En conclusión, la relación con China representa una oportunidad estratégica para Colombia, siempre que se gestione con visión de largo plazo. El éxito dependerá de la articulación entre Estado, sector empresarial, academia y sociedad civil; de la transparencia en los acuerdos; y de la capacidad de transformar el modelo productivo nacional hacia uno más innovador y diversificado. Solo así podrá superarse el déficit comercial y consolidarse una relación equilibrada, sostenible y de beneficio mutuo.

La clave no está en aceptar o rechazar la Iniciativa de la Franja y la Ruta desde posiciones ideológicas, sino en comprenderla como un instrumento que puede potenciar el desarrollo nacional si se negocia con inteligencia estratégica. En un mundo en transición hacia la multipolaridad, Colombia tiene la posibilidad de redefinir su inserción internacional y construir una política exterior más autónoma, pragmática y acorde con las realidades del siglo XXI.

Por Gloria Milena Torres Rojas