Voces expertas

El espejismo del desarrollo ajeno: Copiar el éxito, fracasar en el intento

Mateo Arias
Economista y analista de datos de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor de Globalización e Integración en Asia-Pacífico. Coordinador de Investigaciones del Observatorio Colombia China.

En las últimas semanas se ha desatado un debate público sobre el papel de los Bancos Centrales y los alcances de la política monetaria, esto en plena época electoral donde los ánimos están altivos e inciertos sobre el futuro del país. Sin entrar en detalles técnicos sobre los argumentos de cada lado, quisiera plantear una idea base que pueda servir como insumo a discusiones futuras sobre las posibilidades y los límites del desarrollo económico desde una perspectiva histórica comparada.

Al momento de hacer política pública en Colombia siempre parecemos regirnos por el principio promulgado en 1914 por el presidente Marco Fidel Suarez del “Respice Polum” o “Mirar a la Estrella del Norte”, pensando que debemos hacer lo que hace Estados Unidos. En una versión más moderna, el presidente Alfonso López Michelsen cuando era canciller en 1968 propuso adoptar un principio de “Respice Similia” donde debíamos mirar más bien a países que fueran más cercanos en desafíos.

Paralelamente, en el discurso político colombiano, es usual compararnos con Corea del Sur, durante los sesenta, cuando ambos países tenían indicadores macroeconómicos similares, y el momento presente, donde el país asiático tiene más de 4 veces el PIB que Colombia. Algunos apologistas del libre mercado llaman a esto el “Milagro del Río Han”. Un fenómeno parecido, pero distinto pasa cuando se habla del proceso de Reforma y Apertura propuesto por Deng Xiaoping en 1978 (continuado por el país hasta el día de hoy), sobre cómo estas aperturas de mercado fueron lo que permitió a China ser la potencia industrial y comercial que es hoy en día, en contraposición de la época de Mao Zedong (1949-1976). Podríamos llamar a este fenómeno como una forma perversa de “Respice Orientem”, donde ni siquiera se busca emular lo que tuvieron que hacer los países orientales de forma práctica, sino desde sus conclusiones ex post fácticas.

Si bien existen tendencias y escalones inevitables en la historia del crecimiento y el desarrollo económico, así como también una sociedad más avanzada económicamente muestra un posible futuro para las rezagadas comparativamente; es un craso error pensar el desarrollo nacional en términos de copiar casi en una proporción 1:1 lo que pudo haber servido en otro país en otro momento sin entender ni el funcionamiento ni los mecanismos de transmisión de las políticas ni el contexto histórico ni mucho menos el panorama político nacional e internacional del momento en el que ocurrió algo.

Precisamente por lo anterior, modelos de pensamiento como el Respice Polum y el Respice Similia pecan de pensar atemporal y descontextualizadamente. Primero, ignoran las enormes diferencias en dotaciones factoriales (la composición específica de tierra, trabajo y capital) así como diferencias geográficas y políticas que han precondicionado esas dotaciones. Segundo, operan en un vacío al pensar que deberíamos calcar lo que hoy en día hace un país sin preguntarse cómo llegó a ese punto, así como las diferencias cualitativas y cuantitativas entre de la brecha presente entre un país como Colombia y Estados Unidos, o incluso México, Brasil o Argentina. Por su parte, la concepción presente del Respice Orientem se sustenta en alguna forma de culturalismo reduccionista en el cual basta con apuntar a la influencia confuciana, a las costumbres, al respeto, o a la cohesión social para entender por qué algo sí funciona en China, en Corea del Sur o en Japón, esto, claro, sin tomarse un momento ni de entender la cultura, ni el confucianismo, ni el sistema político, ni absolutamente nada más allá de conclusiones pre-empacadas para el consumo.

¿En qué cabeza sensata cabe pensar en semejante vacío? En el mejor de los casos, de querer copiar una política deberíamos contemplarla según lo que hizo Estados Unidos cuando estaba en una situación similar con Colombia, lo cual sería más o menos en 1956 cuando su PIB era de $460 billones USD, comparado con el PIB de Colombia para 2025 de $438 billones USD, eso sin ajustar a la inflación porque de hacerlo habría que devolverse aún más en el tiempo. En el peor de los casos, habría que asumir la necesidad de gobiernos a todas luces antidemocráticos como el de Park Chung-he en Corea del Sur o depender de un plan de reconstrucción postguerra como en Japón, sin mencionar que posteriormente tendríamos que depender de la relocalización industrial de los 70s y 80s del norte al sur global, como pasó con la caída del músculo automotriz y electrónico de Estados Unidos que se reubicó en el sudeste asiático y que dio pie a la consolidación de Samsung o Toyota. El caso más irónico aparece al evaluar lo que hizo China, pues aquí el dogma del libre mercado moderno ofusca los avances que se hicieron durante la dirigencia de Mao para sentar las bases institucionales y productivas que permitieron que las políticas de Deng tuvieran éxito, todo bajo la bandera de un supuesto humanitarismo que rechaza y resalta únicamente los errores del Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural.

En una discusión honesta y fructífera, habría que situarse históricamente y reconocer que esas sociedades nacionalizaron la banca o por lo menos mantenían un Banco Central que era banca de fomento (como lo era el BanRep antes de la constitución del 91), mantenían una política industrial y comercial guiada por el Estado con una orientación al fortalecimiento del mercado interno y la expansión gradual a los mercados internacionales. Por mencionar algunas fuentes introductorias que tratan bien estos hechos, se puede consultar: Studies on the Chinese Economy During the Mao Era de Katsuji Nakagane, Kicking Away the Ladder de Ha-joon Chang, How China Scaped Shock Therapy de Isabella Weber, The Rise of the Rest de Alice Amsden, por mencionar algunos.

El punto, de nuevo, no es emular papalmente lo que diga el FMI o el Banco Mundial hoy en día, ni mucho menos buscar tener un Dwight Eisenhower, un Park Chung-he o un Mao Zedong criollo. El punto es desarrollar una capacidad de análisis que nos permita -como sociedad política y económica- pensarnos críticamente las coyunturas nacionales a los ojos de la historia internacional, pero sin perder el rumbo de las condiciones materiales presentes y sin ser presas de las angustias del ciclo electoral. Lo que sirvió antes puede no servir hoy y viceversa, lo que los países desarrollados hacen hoy puede no ser lo que hicieron para llegar a ese punto ni lo que más le convenga a un país en desarrollo como Colombia.

Estamos en un pivote histórico, como se vivió en los 80s, en el cual los modelos dominantes en la economía y la política están tambaleando por sus limitaciones materiales e ideológicas. Por eso vemos fenómenos como las políticas arancelarias de Donald Trump, la reorganización geopolítica de muchos países hacia el multipolarismo, la mayor importancia de megacompañias de información como OpenAI o Palantir, y, en términos más académicos, la disputa por el poder de escuelas que antes eran vistas como simples herejes ante el criterio de los excelsos cuidadores del conocimiento y la práctica en sus torres de marfil impolutas.

Para concluir, si algo hemos de extrapolar de las experiencias exitosas internacionales es que las políticas deben estar pensadas en un contexto de necesidades y capacidades nacionales, por lo que los aprendizajes ajenos deben ser apropiados al entorno propio. Un excelente ejemplo histórico de esto es el proceso de modernización sin occidentalización que se ha visto en China, donde sin duda alguna se importaron ideas, máquinas y capitales (tanto de la difunta Unión Soviética en su momento, como de Estados Unidos y otros países occidentales) y no por ello se establecieron relaciones irrestrictamente serviles ante los modelos de pensamiento o de negocios ajenos, sino que, por el contrario, sirvieron como la base diferencial del cual derivar un conjunto de “características chinas” que guíen la política y la economía para el bienestar de la mayoría de su población. Esto se puede ejemplificar prácticamente al ver la “Democracia Popular de Proceso Completo”, la cual dista mucho del modelo de democracia liberal al que estamos acostumbrados (con su multipartidismo o bipartidismo meramente nominal), y su éxito al momento de impulsar la política pública desde la participación, la meritocracia y los resultados verificables.

Por Mateo Arias