Voces expertas

De los “Chicago boys” a la Franja y la Ruta

Andrés Mauricio Burbano Burbano
Sociólogo, investigador y ponente universitario

Entre 1946 y 1948, el profesor de economía Milton Friedman junto al National Bureau of Economic Research (NBER) hablaría de economía monetaria, que, décadas más tarde se convertiría en la teoría de libre mercado liderada por los Chicago Boys: reducción del Estado, privatización absoluta (excepto de las Fuerzas Armadas), y desregulación económica, siendo así, uno de los ideólogos y mayores inspiradores del neoliberalismo, modelo que se experimentaría implementar en el extenso Chile después del bombardeo a La Moneda, en pocas palabras, después de la crisis premeditada. Por otro lado, en la década de los 50’s, el psiquiatra Canadiense Ewen Cameron desarrollaba la popular “terapia de shock” para desprogramar la mente en múltiples pacientes con el objetivo de borrar aceleradamente algunos recuerdos y tratar de curar las crisis mentales que poseían, esto, como un tipo de experimento, que más adelante se denominarían “los experimentos de Montreal”.

La relación va más allá de experimentos, ya que, mientras Cameron buscaba lavar el cerebro con inmediatez a través de descargas eléctricas por la crisis que enfrentaba el paciente, algunos gobiernos aprovecharían las crisis (guerras, golpes de estado, desastres naturales, crisis económicas y políticas) para reiniciar sociedades enteras mediante las asesorías y dictámenes de los Chicago Boys y su propuesta monetaria de libre mercado con el fin de llevar a la sociedad a la “libertad”, otro propósito más de la doctrina del shock, contar una historia alternativa de cómo el capitalismo empezó a dominar el mundo con una retórica serena para crear un culpable externo.

Naomi Klein afirmó y comparó las dos prácticas como una metáfora, así como la terapía de shock rompía la estabilidad mental, las reformas económicas neoliberales impuestas por Estados Unidos tras las crisis, como la de Chile en 1973 después del golpe de Estado, la llegada de Videla en Argentina, el bombardeo en Afganistán, la guerra con Irak, y consensos o planes para debilitar democracias que no compartían valores de libre mercado en América Latina, eran aceptadas como un cóctel de reformas por parte de la población, ya que, esta quedaba debilitada por el shock de la misma crisis en su país, con miedo colectivo, ruptura institucional, menor capacidad de resistencia y mayor desafiliación social.

Pero lo enfermizo no eran las crisis, sino la manera en que aprovecharon y necesitaron de cualquier caos para implantar un modelo. Un shock, pero económico, no en la mente sino en la columna vertebral de una sociedad: su democracia, olvidando que pertenecemos por naturaleza a un colectivo denominado nación.

No obstante, la injerencia no siempre es un principio de las relaciones internacionales. En las últimas décadas, en América Latina la política exterior ha estado dividida en dos gruesos comerciales y económicos, los unos apoyados por la potencia mundial del continente, y los otros, buscando emerger y estrechar lazos con bloques de países y potencias estratégicas para los intereses diferenciales que cada nación busca para sí. Por ende, América Latina y el Caribe

experimentaron cambios en la transición del orden mundial. Para Pastrana Buelvas y Hubert Gehring, en los últimos quince años, la región ha proyectado una mayor autonomía en los niveles regional y global, con lo que ha evitado la injerencia de potencias extrarregionales, como los Estados Unidos. En el escenario regional, el interés por darle una solución conjunta a las problemáticas que afectan a la región se ha expresado en esquemas antihegemónicos como la UNASUR, la CELAC y, un poco más radicalizado, en el ALBA. Además, la mayoría de los estados de la región implementaron una diversificación de sus relaciones comerciales con actores extrarregionales, especialmente del Asía-Pacífico, a fin de adaptar sus estrategias de inserción internacional a la multipolaridad creciente. En parte, privilegiaron el fortalecimiento de sus relaciones con China.

En ese marco de geopolítica en el que actualmente se puede hablar de multipolaridad, con nuevas potencias y/o países o continentes emergentes que sacuden el comercio, la estabilidad energética, la economía, la cadena de suministros, agroindustria o tecnología, China aprovechó no la emergencia de una región en crisis, sino de una región emergente como América Latina, a través de la Franja y la Ruta, la estrategia de difusión geopolítica que posee como pilares el respeto por la soberanía e integridad territorial, la no interferencia de asuntos internos, integración financiera, la igualdad y beneficio mutuo. Un tanto alejados de los acuerdos tradicionales o tratados comerciales donde la balanza pesaba siempre hacía un lado más que el otro, siendo esta una oportunidad de repensar el desarrollo, el crecimiento, cómo y hacia quién se produce, en palabras de Mariana Mazzucato, hoy en día, muchas corporaciones gigantescas también son culpables de confundir la creación de valor con la extracción de valor. Al mencionar “creación de valor” se refiere al modo en que las distintas clases de recursos (humanos, físicos e intangibles) se establecen e interactúan con el fin de producir nuevos bienes y servicios. Por “extracción de valor” se entiende las actividades centradas en mover recursos y productos existentes y en ganar de manera desproporcionada con su comercio posterior.

Esta expansión global de China, caracterizada por una lógica predominantemente económica y comercial, más que ideológica, acarreó fuerza mediante proyectos clave de infraestructura en países con un alto potencial de desarrollo, pero con profundas grietas de desigualdad histórica y estructural. A ello se le agrega la incorporación de componentes como la tecnología, transición energética y el intercambio de bienes, que en el caso colombiano es vital por la razón de ser del país, profundamente biodiverso, agrícola, con reservas de agua y conectividad estratégica por su posición geográfica.

Es entonces, una nueva apertura de alamedas donde Colombia tiene la oportunidad de redefinir y fortalecer su participación en el comercio exterior y relaciones internacionales, no con el objetivo de depender, sino, de dinamizar su economía. El desafío radica, en la capacidad del país para traducir estas alianzas en desarrollo endógeno, entendiendo la territorialidad, y evitando reproducir esquemas históricos de subordinación, de extracción de valor, y por el contrario, apostando por una integración internacional basada en la equidad, la creación de valor, y el aprovechamiento de sus recursos.

Por Andrés Mauricio Burbano Burbano