China, un eje central económico latinoamericano
Dentro del panorama actual de un mundo cada vez más globalizado e interconectado, China está jugando un papel fundamental dentro del mercado económico latinoamericano de las últimas décadas. El peso de China como aliado en el desarrollo y como socio comercial para los países de la región (especialmente para las naciones sudamericanas) ha escalado de manera exponencial.
A comienzo del milenio, China entró dentro de la OMC (Organización Mundial del Comercio) tras quince años de difíciles negociaciones. Comenzó por aquel entonces el país asiático un tímido acercamiento a los países caribeños y a Brasil, principalmente. Pero este contacto no fue más que el primer paso de una carrera económica frente a Europa y Estados Unidos por liderar la economía de la región.
Para el año 2016, China ya era el segundo socio comercial más importante de Latinoamérica, sobrepasado únicamente por Estados Unidos, representado un 9% de las exportaciones y un 18.4% de las importaciones, siendo para entonces el principal socio comercial de Perú, Brasil y Chile.
Una década después, nos encontramos con que China (pese a continuar siendo la segunda potencia inversora de la región) ha superado una gran barrera, consolidándose como el principal socio de Sudamérica.
El posicionamiento chino, una jugada de riesgo.
No ha sido de manera casual que China haya alcanzado este disputado puesto frente a los Estados Unidos. La estrategia que el país asiático ha seguido ha sido una carrera de fondo, y en el último lustro ha comenzado a dar sus frutos.
El plan seguido por China ha tenido dos principales ejes: por un lado, ofrecer jugosos acuerdos comerciales al Mercosur, hasta tal punto de que voces como la del presidente brasileño Lula abogan por sentarse con China para desarrollar un tratado de libre comercio, lo que sería uno de los principales objetivos a lograr para el Mercosur. El otro eje, y el cual será mi principal punto de análisis, es el desarrollo de obras de infraestructura e ingeniería monumentales por parte de China en la región. Una inversión tanto económica como de personal.
China como inversor ¿desinteresado?
Desde un punto de vista decolonial, resulta sumamente interesante analizar la estrategia y el discurso chino de obras monumentales como el Megapuerto de Chancay en Perú (con
un costo de más de 3.500 millones de dólares) frente a las políticas económicas tradicionales de la región.
Históricamente, la relación comercial entre ambas partes ha sido controlada por China, la cual ha demandado en las últimas décadas principalmente materias primas fruto de la extracción y de origen agrícola, como la soya (origen del 75% de la importación de este grano), el hierro o el carbonato de litio (región proveedora del 98% de las importaciones de China para el 2023) y ha exportado en cambio productos manufacturados (como ropa o cosméticos), además de maquinaria industrial.
La importancia de la región para el interés económico del país llegó al punto de ser considerado dentro de la agenda económica interna como un principal socio importador del excedente del acero chino, con sus respectivos cauces diplomáticos. A su vez, esta política llevó a que a partir de 2013 con la caída de los precios de las materias primas, China apostase por la inversión y el desarrollo de megaestructuras en Sudamérica.
Pero desde el 2023, las inversiones económicas de los principales bancos chinos ha caído de manera dramática, en gran parte debido a la pérdida de confianza de los bancos prestamistas chinos con Venezuela, país al que aportaron hasta el 49% de sus préstamos desde el año 2005.
Aunque si analizamos esta estrategia comercial, no podemos dejar de ver paralelismos con otras regiones del Sur Global como el continente africano, territorio sobre el que China parece también estar muy interesado en invertir e incursionar para el desarrollo con planes como la renovación del corredor ferroviario occidental (TZARA) o el desarrollo de presas hidroeléctricas.
Y es que China, en muchas ocasiones, apuesta no únicamente con el capital, sino con la mano de obra, llevando el músculo humano necesario para liderar y desarrollar dichos proyectos.
La nueva ruta de la seda o la ambición China
Todas estas estrategias de inversión china han sido en base a un plan mayor, una estrategia pensada desde hace más de una década. La denominada nueva ruta de la seda, una enorme red de comercio y transporte de mercancías entre el país asiático y Europa, Asia y África, que se vio expandida hasta Sudamérica, quiere dar lugar al florecimiento económico y al dominio de la economía global.
El discurso de Pekín frente a los países excoloniales ha seguido una línea clara: ofrecerse como alternativa a las ofertas económicas tradicionales de crecimiento y desarrollo de las potencias europeas en la región. Esta mano tendida, aunque en un principio pueda sonar alentadora si tenemos en consideración el pasado colonial chino (ocupada y sometida comercialmente tanto por Europa como por Japón en su faceta imperial hasta la Segunda Guerra Mundial), esconde detrás unos deseos extractivistas similares a los de Estados Unidos, además de un aceptamiento tácito de su modelo político. Y es que ambas
potencias están compitiendo por la hegemonía económica mundial, competición que parece ganar China.
El foco del debate: ¿desoccidentalización o neocolonialismo?
El discurso de Pekín ya no es contrario al capitalismo. El maoísmo económico quedó lejos, y China ha comprendido las reglas del capitalismo, las cuales ha sabido adaptar a sus propios intereses. La regla ya no es romper las reglas, sino adaptarlas al marco económico de la nueva potencia. Y a través de ello, se puede lograr superar al viejo rival estadounidense.
El discurso chino no es decolonial, al menos no en las acciones. Frente a un primer impulso discursivo de independencia económica que supo dársele al Sur Global, China está jugando una baza de desoccidentalización marcada por un señalamiento como culpable de la situación actual de dichos países a las antiguas potencias coloniales y a los Estados Unidos, como principal cómplice.
Pero en la realidad de los métodos económicos empleados por China nos encontramos con una inteligente política económica de intercambio de papeles frente al rol de las antiguas potencias. China no desea ser el libertador, se contenta con ser el nuevo socio que controla las reglas del capitalismo a su favor para lograr su destino histórico. Este hito, que ocurrirá antes del final del siglo, a su vez marcará un nuevo ciclo, tras poner fin al dominio occidental que ha estado presente desde el siglo XVI. China no conquistará América a base de colonias, sino a golpe de acuerdos.
Por otra parte, el desarrollo chino ha seguido basándose en el modelo extractivista del Norte y Sur Global. El intercambio de materias primas a cambio de productos manufacturados (los cuales han sido producidos en China, generando riqueza dentro del propio país) es una clara muestra de ello. Otro claro ejemplo, por continuar con el hilo de este análisis, es la ya citada inversión china en megaestructuras, la cual en muchas circunstancias da pie a acuerdos desiguales entre los países en las que son desarrolladas y la potencia económica. Y es que en muchos casos, como en el megapuerto de Chancay, el principal interés de tal inversión no ha sido otro que lograr independizarse del control comercial de Estados Unidos e imponerse como una opción superior, demostrando ser la potencia ventajosa de esta guerra comercial.
Por ello, lo que ahora cabe preguntarse no es si es mejor confiar en Europa, China o Estados Unidos. La verdadera cuestión es simple. ¿Hasta qué punto será beneficioso confiar en la inversión extranjera y en la entrada de capitales? ¿Acaso no será mejor superar las desigualdades entre naciones del Sur Global y desempolvar movimientos como el panamericanismo y el panafricanismo? Lo que es seguro, eso sí, es que ningún país tendrá entre sus prioridades desarrollar al vecino de manera altruista.
“La política internacional, como toda política, es una lucha por el poder”
Hans J. Morgenthau.