Cuando se habla de China y Estados Unidos en América Latina, casi siempre se habla de Estados. Se analizan cumbres presidenciales, aranceles, acuerdos comerciales, créditos, puertos e inversiones. Es una conversación necesaria, pero deja afuera a quienes viven las consecuencias de esas decisiones: la persona que elige qué auto o qué celular comprar, el productor que depende de un contrato de exportación, el trabajador de una planta que abre o cierra, la familia cuyo ingreso se mueve con el precio de una materia prima.
Rara vez nos preguntamos cómo ve esa disputa la ciudadanía, y la pregunta importa por una razón sencilla: una política exterior no se sostiene solo con cálculo estratégico. También necesita respaldo social, y ese respaldo se construye (o se pierde) en la experiencia cotidiana de las personas.
Una disyuntiva menos simple de lo que parece
La lectura dominante presenta el vínculo de nuestra región con las dos potencias como una disyuntiva: o se mira hacia Washington o se mira hacia Beijing. Esa lectura se ha reforzado en los últimos años, con un gobierno estadounidense que volvió a poner a América Latina en el centro de su estrategia, con iniciativas como el Escudo de las Américas, y con una China que ofrece mercado, inversión e infraestructura y sostiene que su relación con la región no apunta contra terceros.
El realismo neoclásico, un enfoque de las relaciones internacionales, parte de una idea simple: la presión del sistema internacional, en este caso la rivalidad entre las dos potencias, no se traduce de manera automática en decisiones. Siempre pasa por un filtro doméstico, hecho de capacidades estatales, intereses empresariales, coaliciones políticas y también opinión pública. Para los países pequeños y medianos, que rara vez moldean el sistema y casi siempre deben adaptarse a él, entender ese filtro es central.
Y de ese filtro sabemos menos de lo que creemos. Formular política exterior es cada vez más complejo, porque son más las variables que hay que incorporar, y la opinión de la ciudadanía debería ser una de ellas. ¿Qué piensan, entonces, los latinoamericanos de China y de Estados Unidos? El Latinobarómetro 2026 ofrece una respuesta con datos.
Qué es el Latinobarómetro y cómo leerlo
El Latinobarómetro es la encuesta de opinión pública más extensa de la región. Su edición 2026 reúne 19.207 entrevistas cara a cara en 17 países, realizadas entre el 7 de mayo y el 17 de junio, con un margen de error de 3% por país y de 1% para el total. Su serie histórica abarca 31 años, aunque no todas las preguntas se repiten en todas las ediciones. En el caso de la influencia de las potencias, que es el centro de esta columna, el informe compara 2020 con 2026.
Conviene leer sus datos con tres cuidados. Primero, mide percepciones, no conductas. Que alguien valore positivamente a un país no dice qué compra, dónde trabaja ni por quién vota. Segundo, con ese margen de error, las diferencias pequeñas entre países no son concluyentes, y solo las brechas amplias merecen una lectura firme. Tercero, dado el momento en el que se recabaron los datos, es una fotografía de mitad de 2026. Por lo general, las percepciones se mueven con el contexto, y falta ver si estas tendencias se consolidan.
A pesar de esos recaudos, el dato central es llamativo. En 2020, el 48% de los latinoamericanos decía que la influencia de China en su país era positiva. En 2026 lo dice el 65%. En el mismo período, la valoración positiva de la influencia de Estados Unidos bajó del 60% al 57%. El espejo es todavía más claro en la valoración negativa: la de EEUU subió de 28% a 37%, mientras que la de China bajó de 37% a 26%.
El cambio se ve con más nitidez en algunos países. En Chile, el 70% valora positivamente la influencia china y el 46% la estadounidense. En Argentina, 61% contra 43%. En México, 65% contra 33%, la mayor brecha de la región. En Uruguay, 66% contra 43%. En Colombia, 69% contra 60%, y el 70% percibe buenas relaciones con China frente al 59% con Estados Unidos. De hecho, en nueve de los doce países que integran el Escudo de las Américas, la influencia de China se percibe mejor que la de Estados Unidos.
Sin embargo, hace falta una precisión. El cruce ocurre en un indicador específico, la influencia percibida como positiva. En la pregunta que sondea la opinión favorable sobre cada país, Estados Unidos todavía lidera (63% frente a 59% de China), y también en la percepción de buenas relaciones (71% frente a 67%). En pocas palabras, la región no abandonó a Washington sino que se está construyendo una mirada más equilibrada, con más alternativas.
Preguntas que los datos todavía no responden
Ahora bien, ¿qué explica este cambio? Nos preguntamos qué está haciendo China para que su influencia positiva supere a la de Estados Unidos, o si en realidad lo que hay es una caída de la influencia estadounidense. Los datos nos muestran que los movimientos no son simétricos. La opinión positiva sobre China subió 17 puntos, mientras que la de Estados Unidos solo bajó 3. Lo que sí creció en Estados Unidos es la opinión negativa, 9 puntos. Una hipótesis es que Washington se hace presente en la región, cada vez más, a través de una agenda que tiene un foco fuerte en seguridad y menos de oportunidades, y que lo hace con un presidente muy cuestionado: el 59% desaprueba cómo Donald Trump conduce los asuntos internacionales y su evaluación promedio es de 4,7 sobre 10. Con todo, la opinión favorable sobre el país sigue siendo la más alta de las potencias, y el propio informe observa que la mala evaluación del presidente no se traslada de manera proporcional a la imagen del país. Los ciudadanos parecen distinguir entre uno y otro. La pregunta de fondo es cuánto de la influencia positiva de China se debe a China, y cuánto a las acciones de Estados Unidos.
La otra gran pregunta es si esta influencia positiva se traduce en acciones concretas, como la compra de productos chinos, los viajes, las visitas y los intercambios, o si es meramente declarativa. La encuesta mide percepciones, no conductas, y ese vínculo está todavía por estudiarse. Cruzar estas opiniones con datos de comercio, inversión, turismo y movilidad estudiantil, y llevar la pregunta al nivel de las empresas, para saber si la imagen pesa a la hora de importar, exportar o elegir proveedores, sería un paso necesario.
Es probable que todavía sea demasiado pronto para sacar conclusiones. Pero hay algo que ya podemos afirmar: formular política exterior es cada vez más complejo, y la opinión de la ciudadanía no puede quedar afuera de esa ecuación. La política exterior se decide a nivel gobierno, pero se valida en la calle. Y hoy la calle está formando una opinión que los gobiernos harían bien en escuchar.
Fuente de los datos: Latinobarómetro, Informe 2026.