Voces expertas

La Regulación de la IA: Un Imperativo Necesario en la Era Global

Gloria Milena Torres Rojas
Posdoctora, PhD Derecho Internacional Xiamen University, Docente, Investigadora y Consultora

Es innegable que la inteligencia artificial (IA) se ha consolidado como una de las tecnologías más disruptivas de nuestro tiempo. Sus beneficios son numerosos; automatiza procesos, analizar grandes volúmenes de datos, optimiza recursos, reduce el margen de error humano e impulsa la innovación en múltiples campos. Sin embargo, a la par de estas oportunidades surgen también desafíos que no pueden ser ignorados: el impacto en el empleo, los sesgos algorítmicos, las amenazas a la privacidad y la protección de datos, así como los dilemas éticos.

Frente a este panorama, la tesis que se plantea es sencilla, aunque no exenta de complejidad: la IA requiere una regulación y una gobernanza internacional que avancen con mayor rapidez que hasta ahora, sin desconocer los beneficios de la innovación tecnológica.

La necesidad de avanzar hacia una gobernanza internacional de la IA responde, entre otras razones, a su carácter transnacional. Los sistemas de IA no se desarrollan ni producen sus efectos exclusivamente dentro de las fronteras de un Estado. Por ello, las respuestas regulatorias nacionales, aunque necesarias, pueden resultar insuficientes frente a fenómenos que trascienden las jurisdicciones.

En este sentido, Xi Jinping ha señalado la necesidad de avanzar hacia una gobernanza de la inteligencia artificial que sea precisa y efectiva. Más allá de las diferencias políticas existentes entre los Estados, este planteamiento coincide con una preocupación que progresivamente ha adquirido relevancia en el ámbito internacional: cómo garantizar que el desarrollo tecnológico sea compatible con la protección de los derechos humanos y la dignidad de las personas.

Un referente importante en esta discusión es la UNESCO, que ha promovido un enfoque de la IA basado en los derechos humanos y en principios éticos. Se trata de un avance significativo, aunque todavía insuficiente frente a la velocidad con la que evolucionan estas tecnologías. El desafío consiste en pasar de los principios generales a mecanismos de gobernanza capaces de responder efectivamente a los riesgos que plantea la IA.

No obstante, la discusión tampoco debería reducirse a la disyuntiva entre regular o no regular. Una regulación excesiva o poco flexible podría terminar obstaculizando la investigación, la innovación y el desarrollo tecnológico, particularmente en países que todavía se encuentran construyendo sus capacidades en este campo. Por ello, el reto consiste en encontrar un equilibrio entre innovación, seguridad, competitividad y protección de derechos fundamentales.

Este debate se hace particularmente evidente en Estados Unidos. Durante la segunda administración de Donald Trump se ha expresado una posición favorable a evitar nuevas restricciones que, desde esa perspectiva, puedan afectar la competitividad estadounidense frente a otras potencias tecnológicas. Esta postura puede comprenderse dentro de la lógica de la competencia internacional por el liderazgo en inteligencia artificial. Sin embargo, también plantea interrogantes legítimos acerca de cuáles deberían ser los límites de la innovación cuando determinadas aplicaciones tecnológicas pueden afectar derechos fundamentales.

Los riesgos no son meramente teóricos. Los sistemas de IA pueden reproducir o amplificar sesgos relacionados con raza, género, clase u otras características, especialmente cuando los datos utilizados para entrenarlos contienen prejuicios previamente existentes. A ello se suman los riesgos asociados con los deepfakes, la manipulación de información, los fraudes financieros, la vigilancia masiva y otras formas de utilización indebida de estas tecnologías.

El ámbito electoral constituye un ejemplo particularmente sensible. La posibilidad de producir imágenes, videos o audios falsos con un elevado grado de realismo puede dificultar la distinción entre información auténtica y contenido manipulado. Esto representa un desafío para las democracias, pues la desinformación puede afectar la formación libre de la opinión pública y la toma de decisiones de los ciudadanos.

Otro de los grandes debates se relaciona con el mundo laboral. La automatización puede sustituir determinadas tareas y transformar numerosas ocupaciones, pero también puede generar nuevos empleos y aumentar la productividad. Por ello, más que asumir que la IA necesariamente conducirá a una destrucción masiva del empleo, resulta necesario analizar cómo se distribuirán sus beneficios y costos y qué políticas de capacitación y transición laboral deberán implementarse.

El impacto sobre la educación tampoco debería pasar inadvertido. La utilización de herramientas de IA generativa puede ofrecer importantes oportunidades pedagógicas, pero su uso indiscriminado podría favorecer determinados atajos cognitivos y generar dependencia de herramientas tecnológicas en detrimento del desarrollo de capacidades como el análisis, la argumentación y el pensamiento crítico.

El caso colombiano resulta ilustrativo. Según datos difundidos a partir de información de la OCDE, Colombia presenta una elevada utilización de herramientas de inteligencia artificial por parte de estudiantes para realizar sus deberes escolares el 56% de los estudiantes usa esta tecnología (La Patria, 2026) . Este fenómeno merece ser estudiado con detenimiento. Sin embargo, sería apresurado afirmar que su utilización explica por sí misma los resultados obtenidos por Colombia en las pruebas PISA. Más apropiado sería preguntarnos qué tipo de utilización de la IA están haciendo nuestros estudiantes y cuáles son sus efectos sobre los procesos de aprendizaje.

Precisamente por la complejidad de estos desafíos, la gobernanza de la IA no debería quedar exclusivamente en manos de los Estados con mayores capacidades tecnológicas ni de las grandes empresas que lideran el desarrollo de esta industria. Expertos y organismos internacionales han planteado la necesidad de avanzar hacia mecanismos de gobernanza global que permitan establecer estándares comunes y evitar que los intereses económicos prevalezcan completamente sobre consideraciones relacionadas con los derechos humanos.

Sin embargo, aquí aparece otra cuestión fundamental: ¿quiénes participan en la construcción de esas reglas? La gobernanza internacional de la inteligencia artificial debería ser verdaderamente inclusiva. El Sur Global, incluidos países de América Latina, África y Asia, enfrenta problemas y oportunidades particulares que no necesariamente coinciden con los de las grandes potencias tecnológicas. Si las reglas internacionales son diseñadas exclusivamente por los Estados y empresas con mayor capacidad tecnológica, existe el riesgo de que las necesidades y perspectivas de los países en desarrollo queden relegadas.

La discusión, por tanto, no debería plantearse como una confrontación entre Occidente y el resto del mundo. Una gobernanza verdaderamente global debe superar precisamente esas divisiones y permitir que diferentes regiones, culturas, sistemas jurídicos y niveles de desarrollo participen en la construcción de estándares comunes.

En un mundo caracterizado por la interdependencia, la IA exige respuestas igualmente interdependientes. Es necesario establecer reglas claras sobre cuestiones como la responsabilidad por los daños ocasionados mediante sistemas de IA, la protección de datos personales, la transparencia algorítmica, la discriminación, la utilización de sistemas autónomos y la protección reforzada de grupos especialmente vulnerables, entre ellos los niños, las mujeres y las minorías.

Esto no significa desconocer las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial. Por el contrario, una gobernanza adecuada puede contribuir a generar mayor confianza en la tecnología y permitir que sus beneficios sean aprovechados de manera más amplia. La regulación, en este sentido, no debería entenderse únicamente como una barrera para la innovación, sino también como un instrumento para hacerla sostenible y compatible con los valores fundamentales de nuestras sociedades.

La IA no desaparecerá y difícilmente podremos detener su desarrollo. El verdadero desafío consiste en decidir bajo qué reglas queremos que evolucione y quiénes tendrán voz en la construcción de esas reglas.

En conclusión, reconocer los beneficios de la inteligencia artificial no implica desconocer sus riesgos. Tampoco defender su regulación significa necesariamente oponerse a la innovación. El desafío consiste en construir una gobernanza global capaz de encontrar un punto de equilibrio entre desarrollo tecnológico, competitividad, innovación y protección de los derechos humanos.

Esa gobernanza, además, deberá ser plural e inclusiva. El futuro de la inteligencia artificial no debería definirse únicamente en los grandes centros tecnológicos del mundo. Las voces del Sur Global también deben formar parte de la conversación. Solo así podremos aspirar a una inteligencia artificial que no solo sea más poderosa, sino también más segura, responsable y equitativa.

Por Gloria Milena Torres Rojas