Durante los últimos dos años he estudiado China sin haber estado nunca allí.
Parece una contradicción, pero no lo es. Uno puede conocer su historia, estudiar su modelo de desarrollo, seguir sus cifras de crecimiento, leer sobre sus empresas, su política exterior y su revolución tecnológica. Puede incluso dedicar buena parte de su trabajo a tratar de entender la relación de China con América Latina. Pero hay una diferencia abismal entre saber sobre un país y haber estado en él.
Hace unas semanas tuve la oportunidad de viajar a China como parte de un seminario internacional de intercambio de conocimientos. Llegué con un cuaderno dispuesto a tomar apuntes, escuchar cifras y conceptos, aprender sobre la Franja y la Ruta, la modernización y las perspectivas de una comunidad de futuro compartido. Y todo eso estuvo allí. Pero lo que me llevé de vuelta a Colombia fue algo mucho más difícil de escribir en un cuaderno: una convicción.
La China que estudio en Colombia ya me resultaba familiar. Sabía de sus trenes de alta velocidad, de sus ciudades gigantes, de su infraestructura, de su transformación económica, de la seguridad de sus calles y de su desarrollo tecnológico. A priori, nada de esto me sorprendió demasiado. Son cosas que uno puede leer en un informe, estudiar en una universidad o discutir desde un escritorio a miles de kilómetros de distancia. Lo que no sabía era cómo se sentía China.
También llegué con algunos prejuicios. Sería ingenuo decir lo contrario. Como muchos occidentales, llevaba conmigo cierta imagen de China asociada a una sociedad rígida y marcada por el control. También pensaba, quizá sin haberlo cuestionado demasiado, que encontraría una sociedad más fría y distante. Esa imagen no había surgido de una experiencia propia, sino de años viendo a China desde afuera.
Pero bastaron unos días para empezar a cuestionar esa imagen. En las mañanas, cuando salía del hotel para correr, podía ver a personas practicando taichí en los parques. En las tardes, mientras recorría la ciudad, encontraba grupos reunidos para jugar go o mahjong mientras bebían té para hacer frente al calor. Y en las noches, caminando por Beijing, veía a grupos de adultos mayores congregados para bailar. No era un evento ni alguna celebración; simplemente estaban allí, disfrutando juntos de la noche.
La China que llevaba en la cabeza era rígida, casi mecánica. La que encontré estaba llena de gente activa, conversando, jugando, bailando y pasando tiempo con otros. Eso no significa que una visita pueda resolver las discusiones sobre la sociedad china; sería absurdo pretenderlo. Pero sí permite entender algo que desde lejos se pierde con facilidad, que un país de más de mil millones de personas no puede reducirse a las categorías con las que solemos describirlo desde Occidente.
Las experiencias que más recordaré, y para las que menos preparado estaba, no fueron los grandes edificios, los trenes o los robots, sino las personas.
Durante un trayecto en taxi en Beijing, el conductor nos ofreció cigarrillos. Aunque no soy fumador, acepté, pues no sé cuándo volveré a tener una oportunidad así. Terminamos conversando durante todo el viaje. Había curiosidad, risas y una disposición genuina por saber quiénes éramos y de dónde veníamos.
En otra ocasión, en un restaurante de hot pot en Chongqing, vivimos algo parecido. El hombre que nos recibió nos dio la mesa y desde el comienzo se hizo cargo de todo el pedido: nos explicó qué pedir, nos hizo recomendaciones y terminó ayudándonos a ordenar buena parte de la comida. Después apareció una mujer que, supongo, se acercó por curiosidad al ver a extranjeros en su restaurante y terminó acompañándonos y atendiéndonos durante el resto de la noche. Ambos fueron especialmente amables y atentos con nosotros. La experiencia fue tan agradable que terminé comprando dos bolsas de pimienta de Sichuan. Era algo completamente cotidiano, pero con el tiempo esas bolsas de pimienta se convirtieron en lo que más asocio con el viaje.
En dos ocasiones distintas, fueron los propios chinos quienes se acercaron a nosotros para hablar y pedirnos fotografías. En una de esas conversaciones terminé hablando francés con una estudiante china. En la otra, un joven resultó conocer Colombia porque una de sus profesoras era colombiana. En Sanlitun, unos jóvenes nos pidieron que grabáramos un video hablando en español. Estaban nerviosos y emocionados de escucharnos hablar un idioma que para nosotros es cotidiano.
Todo aquello tenía algo de surrealista. La mayoría de las personas con las que hablé no sabía demasiado sobre Colombia ni sobre América Latina. Pero quienes sí conocían algo del país respondían con referencias que resultaban familiares: Cien años de soledad, La vorágine, Shakira o Karol G.
Ninguna de estas experiencias aparecerá en un informe sobre las relaciones entre China y Colombia y, sin embargo, probablemente sean algunas de las cosas que más me ayudaron a entender China. Uno puede estudiar durante años el comercio bilateral, las inversiones, la política exterior china o la Franja y la Ruta, pero hay cosas que solo se entienden cuando alguien que no habla tu idioma intenta conversar contigo, cuando una mesera quiere saber de dónde vienes, cuando unos jóvenes te piden que hables español frente a una cámara o cuando un taxista decide compartir contigo un cigarrillo durante un trayecto. Y eso es algo que difícilmente las relaciones internacionales pueden dimensionar, la relación entre personas.
Hay una China que se puede estudiar y hay otra que solamente se conoce estando allí.
Fue caminando por Chongqing cuando esa experiencia comenzó a convertirse en una pregunta. La ciudad me recordó, en algunos aspectos, a Bogotá: su tamaño, su movimiento constante, la cantidad de personas, el ruido y esa sensación de que la ciudad nunca termina de detenerse. Pero había algo que era difícil de ignorar. Mientras caminaba por sus calles, no podía dejar de pensar que buena parte de lo que estaba viendo —sus edificios, sus conexiones, su infraestructura— era el resultado de una transformación que ocurrida en apenas unas décadas. Entonces pensé: ¿y nosotros qué?
No como una comparación entre China y Colombia. No creo que exista una fórmula china que podamos copiar y pegar en nuestro país. Cada sociedad tiene su propia historia, sus instituciones, su cultura y sus circunstancias. Pero resulta difícil estar frente a una transformación de esa magnitud y no preguntarse por qué algunos países consiguen cambiar sus condiciones materiales de manera tan profunda mientras otros permanecen durante décadas atrapados en los mismos problemas.
Durante demasiado tiempo, en América Latina hemos terminado hablando del subdesarrollo como si fuera una condición difícil de modificar. Como si nuestros países estuvieran destinados a crecer menos, a producir menos, y a depender más. La experiencia china demuestra, al menos, que los países pueden cambiar su trayectoria de desarrollo.
No regresé pensando que Colombia debería convertirse en China. Regresé pensando que Colombia debería convertirse en una mejor versión de sí misma.
Y esa idea me llevó a una reflexión más profunda. El desarrollo no consiste solamente en crecer, sino en construir las capacidades que permiten a un país decidir cómo quiere crecer y qué lugar quiere ocupar en el mundo. Desarrollar tecnología, producir conocimiento y fortalecer la industria no son únicamente objetivos económicos: también amplían el margen de decisión de un país. En ese sentido, la soberanía no consiste solamente en tener la capacidad de decir que no. También consiste en tener la capacidad de elegir.
Un desarrollo que no viene acompañado de capacidades y autonomía termina siendo, en buena medida, prestado. Y lo prestado, tarde o temprano, hay que devolverlo.
Quizás por eso la experiencia de viajar a China terminó siendo mucho más personal de lo que esperaba. Uno puede viajar a otro país y volver pensando en cómo quedarse allí. También puede regresar pensando que lo mejor que puede hacer es irse. Yo regresé con una sensación diferente.
García Márquez escribió que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra. Después de haber estado en China, quiero pensar que esa frase no tiene por qué ser nuestro destino.