Durante buena parte de las últimas dos décadas, analistas, académicos y responsables políticos en Occidente han intentado responder una pregunta que consideran fundamental: ¿cómo detener el ascenso de China? Sin embargo, tal vez la pregunta correcta sea otra. ¿Y si China no estuviera ascendiendo? ¿Y si lo que estamos presenciando no fuera el surgimiento de una nueva potencia, sino el retorno de una de las civilizaciones más influyentes de la historia humana a una posición de centralidad que ocupó durante siglos?
La pregunta puede parecer provocadora, especialmente en un contexto internacional donde el auge económico, tecnológico y militar chino suele presentarse como una amenaza al orden establecido. No obstante, una mirada de larga duración obliga a replantear muchas de las certezas que han dominado el pensamiento político occidental desde el final de la Guerra Fría. Después de todo, resulta difícil comprender el presente cuando se confunde una excepción histórica con la regla.
El retorno del Reino del Centro
La historia de China no comienza con las reformas de Deng Xiaoping, ni con la adhesión a la Organización Mundial del Comercio, ni siquiera con la fundación de la República Popular en 1949. China es, antes que nada, una civilización con más de cinco mil años de continuidad histórica, cultural y política. Mucho antes de la expansión colonial europea, ya constituía uno de los principales centros económicos, tecnológicos y culturales del mundo. Durante siglos, el Reino del Centro (Zhōngguó, 中国) fue precisamente eso: un centro. No el único, pero sí uno de los más importantes.
La pólvora, la brújula, el papel y la imprenta son apenas algunos ejemplos de una capacidad innovadora que contribuyó decisivamente al desarrollo de la humanidad. Su sistema burocrático inspiró formas de administración estatal que Europa tardaría siglos en desarrollar. Sus rutas comerciales conectaban regiones enteras de Asia mucho antes de que las potencias occidentales dominaran los océanos. Desde esta perspectiva, el verdadero interrogante no es por qué China está emergiendo, sino por qué dejamos de verla como una potencia central durante tanto tiempo.
La respuesta se encuentra en uno de los periodos más lacerantes de la historia china. Las Guerras del Opio, las invasiones extranjeras, los tratados desiguales y la fragmentación interna inauguraron lo que en China se conoce como el Siglo de Humillación. Desde mediados del siglo XIX hasta la proclamación de la República Popular en 1949, una sociedad que durante siglos había ocupado una posición central en Asia se vio sometida a la intervención de potencias extranjeras que impusieron sus intereses mediante la fuerza militar y la coerción económica.
El espejismo del fin de la historia
Sin embargo, existe una tendencia recurrente en Occidente a confundir ese periodo excepcional con la norma histórica. Durante los aproximadamente dos siglos en los que Europa primero y Estados Unidos después dominaron la economía y la política mundial, se construyeron teorías que presentaban el éxito occidental como el destino natural de la humanidad.
Max Weber observó en la ética protestante elementos que ayudaban a explicar el desarrollo del capitalismo moderno en determinadas sociedades europeas. Décadas más tarde, Francis Fukuyama interpretó el colapso de la Unión Soviética como la confirmación definitiva de la democracia liberal y el libre mercado como formas superiores e inevitables de organización política. Ambos realizaron aportes intelectuales valiosos, pero también compartían una característica propia de toda época de predominio: la tendencia a universalizar su propia experiencia histórica.
El problema no radica en que estuvieran completamente equivocados. El problema aparece cuando una coyuntura se transforma en una ley de la historia. Cuando una experiencia particular pretende convertirse en destino universal. Cuando dos siglos de predominio occidental son interpretados no como una fase histórica específica, sino como el punto culminante de la evolución humana.
Desde una perspectiva materialista, la historia rara vez avanza de forma lineal. Las fuerzas productivas cambian, los centros económicos se desplazan, las estructuras de poder se transforman y las civilizaciones se adaptan a nuevas circunstancias. Ninguna hegemonía es permanente. Ningún orden internacional es eterno. Lo que una generación considera natural, la siguiente puede verlo como una excepción histórica.
Quizás una de las mayores dificultades para comprender el ascenso chino radica precisamente en que obliga a cuestionar la narrativa del llamado “fin de la historia”. Si la democracia liberal occidental constituía el destino inevitable de la humanidad, ¿cómo explicar que el país que más ha contribuido al crecimiento económico mundial durante las últimas décadas haya seguido un camino distinto? ¿Cómo explicar que una civilización no occidental se haya convertido en la principal potencia manufacturera del planeta, líder en sectores estratégicos como las energías renovables, la inteligencia artificial y las telecomunicaciones, sin replicar completamente los modelos políticos occidentales?
La realidad parece sugerir que la historia es considerablemente más compleja que las narrativas triunfalistas de los años noventa.
Una visión distinta del orden internacional
Pero el ascenso de China no solo desafía supuestos económicos. También cuestiona algunas de las bases filosóficas sobre las cuales Occidente ha interpretado las relaciones internacionales. Buena parte del pensamiento estratégico occidental se desarrolló alrededor de conceptos como competencia, balance de poder y confrontación entre rivales. Desde Tucídides hasta la Guerra Fría, la política internacional fue entendida frecuentemente como una lucha permanente entre actores que buscan maximizar su poder relativo.
La tradición intelectual china ofrece una mirada diferente. Influenciada por corrientes como el confucianismo y el taoísmo, ha tendido históricamente a otorgar una mayor importancia a la armonía, la complementariedad y el equilibrio entre actores diversos. El taoísmo, por ejemplo, entiende la realidad como una interacción dinámica de fuerzas opuestas que no necesariamente buscan destruirse mutuamente. La estabilidad surge de la coexistencia y de la capacidad de adaptación.
Por supuesto, sería ingenuo asumir que las grandes potencias actúan únicamente guiadas por principios filosóficos. China, como cualquier otro Estado, persigue intereses nacionales concretos. Sin embargo, estas tradiciones ayudan a comprender por qué Beijing suele presentar su ascenso mediante conceptos distintos a los utilizados tradicionalmente por Occidente.
Parte de esta visión hunde sus raíces en conceptos profundamente arraigados en la cultura china. Uno de ellos es el guānxì (关系), entendido como una red de relaciones basada en la confianza, la reciprocidad y las obligaciones mutuas. Más que una simple práctica social, el guānxì expresa una forma de comprender el mundo en la que los vínculos adquieren tanta importancia como los propios actores. Mientras gran parte del pensamiento occidental tiende a partir del individuo o del Estado como unidades autónomas, la tradición china suele otorgar un papel central a las relaciones que los constituyen.
No es casualidad que académicos chinos como Qin Yaqing hayan desarrollado una teoría relacional de las relaciones internacionales que enfatiza la importancia de los vínculos entre los actores por encima de una visión exclusivamente centrada en la competencia. Influenciado por una tradición intelectual donde conceptos como el guānxì ocupan un lugar central, Qin sostiene que los actores no existen de manera aislada, sino que son constituidos por las relaciones que establecen con otros actores. En una línea similar, Ren Xiao ha recuperado la idea de gòngshēng (共生), o coexistencia simbiótica, para explicar la posibilidad de un orden internacional donde múltiples actores puedan prosperar simultáneamente sin que el ascenso de uno implique necesariamente el declive de otro.
La importancia de estas contribuciones no radica únicamente en su valor académico. Históricamente, las grandes potencias no solo exportan mercancías, tecnologías o capacidades militares; también exportan ideas. El Reino Unido difundió los principios del liberalismo clásico. Estados Unidos proyectó conceptos como democracia liberal, libre mercado y gobernanza internacional. China comienza ahora a participar en esa misma disputa intelectual, proponiendo categorías propias para interpretar un mundo cada vez más interdependiente.
Más allá de si estas ideas se reflejan plenamente en la práctica de la política exterior china, su existencia revela algo fundamental: el ascenso de China no es únicamente económico o tecnológico. También es intelectual. Por primera vez en siglos, las teorías occidentales ya no tienen el monopolio sobre la explicación del sistema internacional.
La conectividad como instrumento de poder
Esta transformación resulta visible en la manera en que China ha construido su influencia global. A diferencia de los grandes imperios de los siglos XIX y XX, cuya expansión se apoyó frecuentemente en la ocupación territorial o la intervención militar directa, Beijing ha privilegiado instrumentos asociados a la conectividad económica. Puertos, ferrocarriles, corredores logísticos, parques industriales, infraestructura digital y acuerdos comerciales constituyen hoy algunos de los principales vehículos de su proyección internacional.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta representa la expresión más ambiciosa de esta estrategia. Más que un simple programa de inversiones, constituye una visión del orden internacional basada en la interdependencia y la conectividad. En lugar de proyectar influencia únicamente a través de la fuerza, China busca convertirse en un nodo indispensable para el funcionamiento de la economía mundial.
Esta estrategia refleja una diferencia importante respecto a las formas tradicionales de proyección del poder internacional. Mientras las potencias industriales del siglo XIX construyeron imperios apoyados en la ocupación territorial y el control directo de colonias, Beijing parece apostar por la creación de redes económicas capaces de generar dependencia mutua. Su influencia no proviene tanto de la presencia militar como de su capacidad para convertirse en un socio difícilmente reemplazable.
Y los resultados son difíciles de ignorar. China es actualmente el principal socio comercial de más de ciento veinte países, concentra una porción significativa de la producción manufacturera global y desempeña un papel cada vez más relevante en las cadenas de suministro que sostienen la economía contemporánea. Incluso quienes consideran que Beijing representa un desafío estratégico reconocen que resulta prácticamente imposible imaginar el funcionamiento de la economía mundial sin China.
El siglo del retorno
Por ello, la discusión sobre el siglo XXI suele formularse en términos equivocados. La cuestión ya no consiste en determinar si China seguirá creciendo o si alcanzará mayores niveles de influencia internacional. Tampoco se trata de preguntarse si el país asiático reemplazará mecánicamente a Estados Unidos como potencia dominante. La historia rara vez opera mediante sustituciones tan simples.
La verdadera pregunta es si el mundo está preparado para aceptar que el centro de gravedad del sistema internacional se está desplazando nuevamente hacia Asia.
El siglo XIX fue el siglo de la humillación china. El siglo XX fue el siglo de su reconstrucción. Todo parece indicar que el siglo XXI será el siglo de su retorno.
Colombia ante el siglo asiático
Para países como Colombia, esta transformación debería ser motivo de reflexión estratégica y no de temor ideológico. Durante décadas, nuestra política exterior asumió que el Atlántico Norte constituía el eje indiscutible de la economía y la política mundial. Hoy, las dinámicas del comercio, la innovación tecnológica y la inversión internacional muestran una realidad mucho más compleja.
Ignorar la creciente centralidad de China no constituye una muestra de prudencia geopolítica. Constituye, por el contrario, una incapacidad para reconocer las transformaciones profundas de nuestro tiempo.
Porque si algo enseña la historia es que los grandes cambios rara vez son visibles para quienes viven en medio de ellos. Y quizás esa sea la principal lección del momento actual: mientras buena parte del mundo sigue discutiendo el ascenso de China, lo que realmente estamos presenciando es el retorno de un Estado-civilización a una posición de centralidad que nunca dejó de considerar propia.