Las noticias, los análisis, los datos que circulan sobre China abundan. Pero falta mucho para comprender su significado. Insistimos es utilizar nuestras teorías, nuestros conceptos, nuestras herramientas culturales que con frecuencia nos desvían de las realidades y entorpecen nuestro conocimiento.
Mi primer contacto con China tuvo lugar en 1983 cuando, extendiendo la mirada desde Hong Kong observé que, al otro lado, en el continente, se estaba construyendo una tramoya para enviar un mensaje al exterior que posiblemente no representaba nada. Por lo menos esa fue mi sensación después de haber visto en Corea, sobre el límite con Corea del Norte, la construcción de un escenario frenético que simulaba un gran complejo industrial. Lo que observé desde Hong Kong era el pequeño puerto de Shenzhen y lo que ocurría no era una simulación: eran las bases de lo que hoy es el tercer centro poblado más importante y cuyo futuro, en aquel entonces, nadie lograba imaginar.
Comencé a visitar Beijing y a entrevistarme con el ministerio de relaciones exteriores y el de comercio y otras organizaciones que me suministraron informaciones valiosas pero muy difíciles de descifrar para mí, pues en cada dependencia me abrían rutas divergentes y distantes a las que indicaban mis sesgos y mi formación occidental. Sin embargo, todo tendría un giro importante en mayo de 1985.
En ese año se celebraban los cinco años del restablecimiento de relaciones de Colombia con la República Popular de China, razón por la cual el Canciller Augusto Ramírez Ocampo hizo una visita oficial para profundizar nuestros intercambios en todos los niveles. Tuve la fortuna de acompañarlo y de recibir una lección inolvidable a la que me referiré enseguida.
El primer ministro Zhao Ziyang nos recibió en audiencia, muy generosa en términos de tiempo ya que nos dedicó más de dos horas en las que pudimos conversar de manera franca y fecunda. No hubo temas vedados ni limitaciones a nuestros interrogantes e inquietudes. De esa reunión guardo tres profundas enseñanzas.
La primera, que fue como una iluminación, me abrió la mente a lo que significan las magnitudes. Hablábamos de demografía cuando el primer ministro nos hizo la siguiente revelación: “en el año 2000, tendremos un aumento poblacional de 200 millones”. Esta cifra era cercana a la población de Estados Unidos en aquellos años. La nuestra rondaba los 28 millones. Pero éramos incapaces de captar lo que significaban los 1.060 millones de habitantes que constituían la población china. La explicación fue de una lógica elemental: “tenemos 400 millones de jóvenes de ambos sexos que se casarán y tendrán un hijo”.
Un segundo tema que se trató y que me significó otro remezón, fue el relacionado con el futuro que los chinos estaban construyendo. La respuesta fue tajante: “trabajamos para alcanzar a los Estados Unidos en 2050”. La meta era categórica y proyectaba un resultado que se vería 65 años más tarde. Nosotros, acostumbrados a vivir el día a día o en el mejor de los casos a establecer objetivos no más allá de los cuatro años de los períodos presidenciales, no lográbamos comprenderlo. Y es esa distancia entre el hoy y el futuro, tan distinta para los dos pueblos, la que no nos permite entender que iniciativas como la Ruta de la Seda se deben observar desde ángulos muy diferentes. La Ruta es un camino para ser recorrido en un siglo.
Y el tercer aporte, que sería quizás la más profunda enseñanza, estuvo relacionada con el nuevo modelo de desarrollo adoptado a partir de la llegada de Deng Xiaoping al liderazgo en 1978. El piloto que se puso en marcha en la provincia de Guangdong fue para someterlo a prueba. Con tal fin, Deng nombró a un personaje de su confianza para someter a prueba el nuevo modelo. El personaje no fue otro que el mismo Zhao. En tal sentido no pudo ser más favorable la ocasión para recibir de manera directa las respuestas de quien fuera actor fundamental de lo que se estaba haciendo en la República Popular de China.
Por supuesto, el gran interrogante no solo para nosotros sino para el mundo entero, se relacionaba con el sentido de lo que por ese entonces se conocía como el socialismo de mercado. En ese marco resultaba imperativo aprovechar la abierta disposición de Zhao para poderle preguntar: “señor primer ministro: ¿quisiera explicarnos qué significa eso de “socialismo de mercado”?
La respuesta no pudo ser más contundente: “socialismo de marcado es lo que estamos haciendo. Pero no sabemos qué es”.
Semejante afirmación corroboró mi experiencia anterior de varios años con los japoneses que me reveló las limitaciones de nuestra cultura y de las teorías de nuestra ciencia frente a culturas diversas como las del Oriente y, en este caso, las chinas. La respuesta de Zhao fue como transportarnos del “Cogito, ergo sum” (pienso, luego existo) de Descartes a algo más pragmático “Faber, ergo sum” (hago, luego existo). No se trata de pensar para reducir nuestra lucubración a un concepto. Se trata de hacer para encontrar los problemas y las soluciones.
Hoy todos continuamos en una búsqueda, que incluye a los mismos chinos y que se refleja bien en este poema que traduje para un performance que con el título de “Caballos de Bambú” presentamos con la profesora Marybel Acevedo para celebrar los 50 años de la fundación de la República Popular de China en el Externado de Colomba en 1999.
Plegaria
de Wen Yiduo (1899 – 1946)[1]
Cuéntame por favor quiénes son los chinos,
enséñame cómo anclarlos en la memoria.
Cuéntame por favor la grandeza de este pueblo
Cuéntamelo dulce, dulcemente.
Dime, por favor: ¿quiénes son los chinos?
¿De quién son los corazones que encarnan los corazones de Yao y Shun?
¿En las venas de quién corre la sangre de Jingke y Niezheng?
¿Quiénes son los verdaderos vástagos del Emperador Amarillo?
Dime que tal sabiduría vino extrañamente—
Alguien dice que fue traída por un caballo del río:
dime también que el ritmo de esta canción
fue la primigenia enseñanza del ave fénix.
¿Quién me hablará del silencio del Desierto de Gobi,
del reverente temor que inspiran las Cinco Montañas Sagradas,
de la paciencia que gotea de las rocas del Monte Tai
y de la armonía que fluye del río Amarillo y del Yangtze?
Cuéntame por favor quiénes son los chinos,
enséñame cómo anclarlos en la memoria.
Cuéntame por favor la grandeza de este pueblo
Cuéntamelo dulce, dulcemente.
1927[2]
[1] Wen Yiduo murió el 15 septiembre de 1946 a manos del Kuomintang.
[2] Lau, Joseph S. M. & Howard Goldbaltt, eds. (1995). The Columbia Anthology of Modern Chinese Literature. Columbia University Press: New York. p. 508.