Voces expertas

China y los ciclos hegemónicos: del Tigre de Papel al Dragón Naciente

Mario Urueña Sánchez
Profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia, Universidad del Rosario. Doctor en Derecho, Magíster en Geopolítica y Seguridad Global y Politólogo.

Durante la década de los 2000 era usual leer u oír analistas de Occidente bajarle el tono al sentimiento de optimismo (o pesimismo) que provocaba el ascenso chino. Frases sueltas como “se van a volver viejos antes de volverse ricos”, argumentos como que el contraste entre sus muy desarrolladas zonas costeras y sus muy atrasadas zonas interiores iba a ser la piedra en el zapato para hacer del país asiático una potencia mundial, o que esta era una “holgazana” del sistema internacional (en el sentido de procurar mantener los beneficios derivados de su rol en este sistema sin asumir los compromisos de allí derivados) apuntaban a menoscabar lo que la evidencia iba demostrando. Tal vez quien mejor resumió estas ideas fue el fundador de Stratfor, George Friedman, quien en su best seller sobre futurología geopolítica usó la expresión “Tigre de Papel” para referirse al porvenir de China en el siglo XXI.

Si esa era la percepción desde la cultura de elite en Occidente, en la cultura de masas este desdén se replicaba por medio de estereotipos. El slogan “Made in China” se usaba como burla para desacreditar a un producto como de mala calidad y bajo costo. Como baratijas. En lo político, el “síndrome de Tiananmen” se esparció como espuma vía propaganda occidental. Dicho síndrome radicaba en representar al chino como un régimen totalitario y absolutamente opresor (nada comparable a la “libertad” que siempre se ha respirado en los países de este lado del mundo).

Hoy está claro que ese desprecio de la elite occidental y de su propaganda (académica y mediática) pudo ser más el resultado del pavor que de una convicción, pero ¿Está China en posición de ser un nuevo líder mundial?  

Una teoría cuyos preceptos se antojan interesantes para responder a esta pregunta es la de los Ciclos Hegemónicos. Surgida en los 1980 por autores como Organski y Modelski, esta teoría habla de un patrón histórico repetido desde la configuración del sistema-mundo en el siglo XVI: el auge y caída de los liderazgos mundiales. En los cinco siglos recorridos, los autores identifican igual número de ciclos dentro de los cuales una potencia realiza innovaciones al sistema y lo amolda a su cosmovisión por su ideología y por sus armas.

Luego de los sucesivos liderazgos de Portugal, Países Bajos, el Reino Unido y Estados Unidos, queda abierto el interrogante de quién sucederá a este último en lo que queda del siglo XXI. Según el Modelo de Modelski (derivado de esta teoría), quien desee hacerse al título de líder mundial deberá contar con dos preceptos a su favor en el orden internacional: disponibilidad (lo que se tiene materialmente para ser líder) y preferencia (el consentimiento de ese liderazgo de parte de los demás actores).

Sobre la disponibilidad en el orden mundial, es plausible pensar que China tiene sus cartas más fuertes. Allí se juntan dos factores: la decadencia hegemónica estadounidense y la propia capacidad. El Modelo de Modelski justamente nace como una admonición del declive hegemónico del país norteamericano luego de su fracaso en la Guerra de Vietnam. Un declive que según este modelo debería durar más o menos medio siglo hasta la transición a una nueva hegemonía. De ahí autores realistas como Mearsheimer y Zakaria y liberales como Keohane han elaborado toda una literatura con el ánimo de preparar a la clase dirigente de Estados Unidos para ese momento. En los años recientes, la crisis financiera de 2008 y las elecciones de Barack Obama y Donald Trump dan indicios serios de que esa fase de declive se acerca a su fin.

Esta coyuntura se presenta como una ventana de oportunidad para que otros aspirantes a líderes mundiales se hagan al relevo hegemónico e inicien un nuevo ciclo. Poco se cuestiona que entre los aspirantes actuales más serios se cuenta China. Sus capacidades materiales (económicas y político militares) la dejarían perfilada para consolidar su liderazgo. Pasar de ser la undécima economía del mundo en 1990 a la sexta en el 2000 a la segunda en 2010, con expectativas de obtener el primer lugar la próxima década, denota una vertiginosa emergencia en su poder económico relativo.

Emergencia que ha sido acompañada por un proceso inédito de industrialización y de lucha contra la pobreza al haber sacado de esa condición a más de 800 millones de personas en un lapso de cuatro décadas. En lo cualitativo además, este país ha cambiado su rol de “fábrica del mundo” a “laboratorio del mundo” dado que, como señala el Australian Strategic Policy Institute, China lidera en 37 de las 44 tecnologías críticas para el futuro global. Todos estos logros eran hasta hace años impensados para los aciagos vaticinios de algunos en Occidente. 

La potenciación económica y tecnológica de China se ha ido compatibilizando con su desarrollo político-militar. A su ya imponente tamaño de las fuerzas armadas en número de efectivos militares (más de tres millones) se le suman avances exponenciales en tecnología militar de punta. Con un inalcanzable ritmo de crecimiento anual de 100 ojivas nucleares, sus 600 unidades actuales se estimará que se conviertan en 1000 en 2030 y 1500 en 2035. A pesar de ser números todavía lejanos al arsenal de Rusia y Estados Unidos es, entre todas, la potencia con más rápido crecimiento en esta carrera. Este poder diferencial se ve reforzado por la posesión de 500 Misiles Balísticos Intercontinentales, 600 misiles hipersónicos operativos, tres portaaviones (nueve para 2035), 400 buques de guerra, 72 submarinos, 350 cazas de quinta generación y 400 satélites de uso militar. Estos indicadores muestran una robustez incontrovertible de poder duro para ansiar a una posición de liderazgo.

Por el lado de la preferencia en el orden mundial, China ha mostrado progresos igual de impresionantes con su poder blando, pese a que en este campo haya un matiz. Progresos que van más allá de ser el principal socio comercial de más de 120 países en el mundo (157 si se amplía el estar entre los tres primeros). Los reconocidos bloques de los BRICS y la iniciativa de La Franja y la Ruta (con 153 países firmantes) son apenas la punta de ese iceberg. La Organización de Cooperación de Shanghái, la Iniciativa de Seguridad Global, la Asociación Económica Integral Regional, los BRICS+, el Foro de Cooperación China-África, el Foro China-CELAC y la Iniciativa de Gobernanza de la IA son algunos ejemplos del liderazgo chino en materia de política internacional y de determinación de la agenda del siglo XXI.

Respecto de la diplomacia cultural China también demuestra un desarrollo sustantivo. El pasar de producción de tecnología de masas a tecnología de punta ha estado coadyuvado por el posicionamiento de las universidades chinas en la elite educativa global. Dependiendo de los ránquines de educación superior de mayor referencia, entre diez y quince instituciones chinas lograron posicionarse en el top 100 a escala mundial en las mediciones de 2025 y 2026. Suceso determinante para una comunidad juvenil que encuentra en ese país un destino académico atractivo, lo cual se ha traducido en que para este año haya 350 000 estudiantes internacionales matriculados en su sistema educativo superior.  

Sin embargo, es en la producción cultural en el ámbito en el que persisten desafíos. Pocos pueden poner en duda la espectacularidad de eventos como las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 (insuperables hasta el momento), las imágenes de ensueño creadas en el firmamento de muchas de sus ciudades con miles de drones perfectamente sincronizados o las superproducciones cinematográficas de Zhang Yimou. A esta producción de elite debería acompañarla una destinada al consumo de masas fuera de su vecindario. Una que logre crear identificación e inspiración a los ciudadanos promedio de todo el orbe. Algo parecido a lo que hicieron los japoneses con el Manga y el Anime o los surcoreanos con el K-pop o sus series de streaming.    

Es claro que del desdén de “El Tigre de Papel” con el que ironizaban ciertos analistas occidentales se ha pasado a considerar seriamente a un “Dragón Naciente”. La transición hegemónica de los años que vivimos con el desgaste de la Pax Americana y el afianzamiento de un poder inteligente (la combinación de poder duro y poder blando) de parte de China permiten vislumbrar que hay un serio aspirante a convertirse en líder mundial para el nuevo ciclo (siglo) hegemónico. Hace falta ver cómo las grandes masas globales (en especial de los países más occidentalizados) pueden cortejar esta transición. 

Por Mario Urueña Sánchez